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Todología con bigote
Dos (o tres) escenarios republicanos que no te gustan

Esto me ocurrió en diciembre pasado: iba por la plaza de Callao y me encontré con una recogida de firmas pidiendo un referéndum por una modificación legislativa en concreto. Me reservo cuál por no empeorar las cosas, pero cuando se me acercó una persona de las que lo promovían le planteé lo siguiente: «¿está usted segura de que quiere un referéndum?» Ante su estupefacción le aclaré: «no me malinterprete, yo estoy a favor de la reforma que ustedes proponen, pero creo que deberían solicitar la reforma directamente, no a través de un referéndum… un referéndum implica que la gente pueda votar en contra de lo que ustedes proponen, y entonces ustedes serían responsables indirectos de que dicha reforma nunca se llevara a cabo.» Mi pregunta no iba con maldad alguna, en serio, pero sospecho que fue una situación que jamás se habían planteado. Y me parece que le di la tarde a la buena persona que me lo preguntaba.

Claro, con la abdicación del rey y las concentraciones que se han convocado en toda España pidiendo un referéndum pro República, de repente se me plantea la misma cuestión: ¿seguro que queremos —me incluyo— un referéndum para decidir la forma de Estado? ¿Por qué no exigir directamente una reforma constitucional —que incluiría de todos modos un referéndum— para llevar a cabo ese cambio?

Porque claro, imaginemos que los barandas del Congreso aceptan cualquiera de ambos caminos; entonces nos encontramos con un primer escenario directo: se convoca un referéndum… y sale que mayoritariamente el pueblo decide por continuar con la monarquía. Entonces se habría blindado la permanencia de Felipe de Borbón en el trono que su padre deja, y además la preservación de su estatus tanto para él como para sus sucesores. Dicho de otro modo: el tiro republicano saldría por la culata, y vaya usted a saber cuándo se presentaría otra oportunidad parecida para salir de la monarquía. Por la vía legal, quiero decir.

Supongamos ahora lo contrario: el referéndum y la reforma constitucional llegan a buen puerto y España se convierte en república, con un presidente electo cuyos poderes habría que determinar, pues hasta en esto hay varios modelos. No es lo mismo un presidente con plenos poderes ejecutivos, como en Francia o en los Estados Unidos, o un presidente con funciones puramente de representación y mediación (es decir, muy parecido a la labor del rey, si ésta se limitase —ejem— a eso), como sucede en Alemania, donde dicho presidente ni siquiera se elige de forma directa. Por simplicidad, imaginemos lo primero, que el presidente electo puede formar gobierno y no está sometido a la aprobación del Parlamento1.

En ese caso tendremos de nuevo a los partidos políticos en la película y habrá candidatos de izquierdas, derechas, centristas y extremistas. ¿Qué quiere decir esto? Que puede salir elegido como presidente, o presidenta, alguien impensable e indeseado por la mayoría de quienes ahora están en la calle pidiendo el cambio de régimen.2 Ojo, no digo por la mayoría de republicanos, que eso estaría por ver y sin unas elecciones es complicado de comprobar. Pero éste, sin duda, sería el segundo escenario que podría no gustarles.

Habría un tercer escenario, que podríamos considerar “opcional” pero que igualmente podría resultar nada atractivo para el ardor republicano: El propio Borbón destronado podría postularse a la presidencia de la República. Esa candidatura, para colmo, podría estar respaldada por al menos uno de los partidos mayoritarios como forma de transición al republicanismo. Legitimaría la posición de Felipe de Borbón, estaría respaldada por las urnas y, tangencialmente, podría incluso sentar las bases para una vuelta a la monarquía a través de campañas de imagen democrática. Yo veo esta situación perfectamente posible en una república incipiente. Incluso en una república al estilo alemán, no me sorprendería si los dos partidos mayoritarios consensuaran al príncipe como primer presidente transitorio… hasta que les apetezca.

Probablemente si planteamos a muchos de los que están en la calle se trabucarían al contestar, como se trabucó la persona de la que les hablaba al principio de esta nota, pues al final las hojas de ruta poco tienen que ver con las tendencias políticas de cada momento. Sin embargo, para mí la cosa está bien clara: entre un gobernante no deseado, pero que ha pasado por las urnas y del que te puedes librar tras un período limitado y corto, y un jefe de Estado perpetuo, que vive a costa del erario por “derecho divino” y razones de sangre, no duden de que me voy a quedar con el primero. Por muy preparado que esté el segundo.

(gracias a Kundry y Ender Wiggin, que me inspiraron este post. Y al rey, que con su abdicación me ha resuelto el tema del día, je.)


1 Sin perjuicio de que hubiese mecanismos de destitución desde el Parlamento, pero esa discusión se sale del ámbito de este post.

2 Por poner dos ejemplos con posibilidades: Esperanza Aguirre o José María Aznar.

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