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Todología con bigote
Fin de campaña

Termina la campaña electoral y yo vengo a pedirles el voto. Así, en general.
Hace unos días les explicaba que uno de los derechos fundamentales que se te atribuyen en una democracia es a no usarla. En realidad es de los pocos derechos que se respetan sin cuestionar, si hilamos fino. Por eso yo tampoco me cuestiono la calidad democrática de quien decida no votar. Y, sin embargo, me atrevo a pedirles que el día 25 vayan y voten al partido que mejor les parezca.

Aunque existen mil razones para pensar que el voto no cambia nada y que votar significa participar de un sistema que se chotea de ti (aquí, por ejemplo tienen a alguien cuya opinión respeto mucho y que ha decidido abstenerse), creo que el propio sistema funciona para desmotivar al potencial votante de partidos que sí podrían cambiar cosas. Una cosa tengo clara: hay partidos de creación relativamente reciente que van a tener una fidelidad casi total entre sus votantes anteriores y que, según sondeos, ganarán todavía más apoyos. Son partidos sin una ideología clara o lo suficientemente ambigua como para poder unir populismo y pragmatismo y que su mensaje cale. Los votantes de esos partidos acudirán a las urnas con seguridad.

Hay otros partidos que se han colocado sin tapujos en la extrema derecha populista, racista y nacionalista, y que llevan tiempo de labor de zapa para aglutinar al votante descontento de los partidos tradicionales, herido por la crisis y que necesita una respuesta radical y rápida, convenciéndose de ella aunque sea la respuesta equivocada (y la más peligrosa). Pueden estar seguros de que los votantes de esos partidos tampoco faltarán a la cita.

Luego están esos partidos tradicionales, los que llevan cortando el bacalao durante décadas (algunos, antes de que siquiera hubiese algo parecido a democracia) y a los que beneficia la fragmentación de sus oponentes junto a una abstención alta, pues porcentualmente les sirve para mantener una posición hegemónica por sí solos o, si la coyuntura se pone chunga, en coalición con los eternos rivales, como ya se ha insinuado con bastante intención. Esos partidos pueden permitirse perder a un sector de descontentos, lo consideran un riesgo calculado y pretenden por lo menos “salvar el empate”, especialmente de cara a las, para ellos, más importantes elecciones que se celebrarán en 2015.

El resto de partidos del espectro político, de ideologías varias y pronósticos más o menos optimistas, son los que paradójicamente están más amenazados por las cifras de la abstención; por eso sus esfuerzos para no perder un sólo voto hacia opciones parecidas a las suyas son titánicos y es posible que terminen con cifras frustrantes, aunque también se esforzarán en valorarlas positivamente desde un punto de partida cercano al cero en la mayoría de los casos.

Sigo creyendo que las elecciones sí sirven para algo, pues directamente o por personas interpuestas pueden acabar inclinando la balanza de decisiones claves. El Parlamento Europeo, aun lleno de dinosaurios, sirve y ha servido como contrapeso a acciones tomadas unilateralmente por ministros-comisarios que, precisamente, no han sido elegidos por nadie sino que son efecto secundario de otros políticos que también se escogen de forma indirecta. Con esto quiero decir que comprendo la frustración, pero también que esa frustración se arregla —todavía— votando. A cualquier otra opción de “las de siempre”, a cualquier opción que no te dé vergüenza ajena (y ojo, que casi todas tienen sus momentos, pero pecadores somos todos), a cualquier opción que no se base en el odio al diferente, que no considere la pobreza o el color de piel un motivo para expulsarte o algo peor. Porque todas esas opciones, ténganlo por seguro, van a recibir votos el próximo domingo. Y usarán el poder que esos votos les den, sin dudarlo. E igualmente, para esos partidos las elecciones europeas son sólo un primer paso para colocarse sobre el escenario de cara a las que vendrán detrás, que es donde realmente quieren obtener el papel protagonista.

Sí, creo que hay suficientes motivos para votar, incluso (o principalmente) el de “votar en contra”. Yo ya lo hice, y les pido a ustedes que también lo hagan.

Cerramos campaña.

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