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Todología con bigote
De Esperanza a Quino

A mi tía Esperanza le robábamos los “Mafaldas” cuando éramos (no tan) pequeños. Su novio le iba regalando los cuadernillos que publicaba Lumen y apenas le daba tiempo a hojeárselos que ya andábamos mi hermano y yo detrás para sisarlos y, si no nos pillaban antes, subirlos a nuestra casa (por entonces vivíamos en el mismo bloque). Así los leíamos, y releíamos, y aprendíamos “argentino”, y no entendíamos por qué a Mafalda no le gustaba la sopa, y nos reíamos con chistes que no terminábamos de comprender, de una situación política y social aparentemente cercana pero que estaba a miles de kilómetros. Nos daba igual, queríamos ver a Mafalda, a Manolito, a Felipe, a la odiosa de Susanita, a Miguelito… y a Guille. Cuando empezamos a leer las tiras en las que salía Guille sus frases, escritas con los dejes del peque que aprende a hablar, se convirtieron en “meme” en casa. Qué digo en casa: en toda la familia, entre Sevilla y Pamplona, nos entendíamos perfectamente con el “tigüeña nenito”, el “toy defriá”, y el inevitable “¡me duele mi odgullo!” cada vez que alguno decía que le dolían “loz piez”. A base de frases de Mafalda acabamos creando un lenguaje propio (o adoptado) con el que nos seguimos riendo sin que haga falta decir más.

Luego fuimos creciendo y seguimos releyendo a Mafalda, y también los libros de Quino con sus viñetas de humor triste, porque a mí siempre me trajo un punto de amargura esa patada en la espinilla de la sociedad disfrazada de tiras cómicas. Que lo eran, al menos los primeros segundos después de acabarlas, pero a mí no dejan de producirme desazón y por eso raramente vuelvo a ellas.

Pero a Mafalda siempre vuelvo. El Todo Mafalda (o “tochomafalda”, como yo lo llamo) que recopila todas las tiras, las viñetas sueltas, los cuadernillos, las inéditas… debe de ser el único libro que he llevado conmigo durante todas las mudanzas que he hecho. En mi primer traslado a Alemania no pude meterlo en la maleta, que ya iba a rebosar de ropa y recuerdos, pero pocas semanas después fue lo primero que cayó en el equipaje y desde entonces viaja adonde yo voy. Y de tanto en tanto lo vuelvo a abrir al azar, por leer un ratito tiras sueltas, para acabar despachando el volumen entero de principio a fin, tal es el vicio. En algo se parecen sus personajes a mí, supongo: unos niños que ya demasiado pronto empiezan a hacerse demasiadas preguntas. Aunque también es verdad que tardé algo más que ellos en crecer de esa manera.

A Quino, Joaquín Salvador Lavado, le han concedido hoy el Premio Príncipe de Asturias. El de Comunicación y Humanidades, porque parece que conceder a un dibujante (y escritor, que aunque lo parezca sus personajes no hablan solos) el premio de las Letras sigue estando mal visto en este mundo. Pero poco importa; todos los premios que pudieran darle a mí me iban a parecer pocos, y el día de hoy me parece una ocasión estupenda, más que para felicitarle, para darle las gracias. Y también para dárselas a mi tía Esperanza, que siempre se dejaba robar los “Mafaldas” y luego hacía como que se enfadaba.

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