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Todología con bigote
París, tercer día (II) - El Centro Pompidou

El Centro Pompidou tiene que verse en un día gris. Esta estructura agresiva de cristal, acero y plástico, con las tuberías obscenamente al aire, incrustado en un barrio parisino compuesto por retales de lo clásico y lo funcional, parece surgido de un cataclismo que lo sacó de la estructura terrestre para plantarlo ahí, como pasaje al futuro de las utopías.

París, tercer día -  Centre Pompidou

Poéticamente se le puede sacar todo eso, claro, aunque si nos vamos a la historia tan gris como el día en que lo visitamos, en realidad el Pompidou no fue más que un “ataque de arcarde”, como el Arco de la Defensa, la Pirámide del Louvre o, por buscarnos algo más cercano, las “setas” de la Encarnación de Sevilla, la torre Agbar de Barcelona o el obelisco de Plaza de Castilla en Madrid. Que un día de estos deberíamos hablar de esa obsesión fálica que tienen los primeros munícipes a poco que se les deje sueltos con el presupuesto.

París, tercer día -  Centre Pompidou

Pero volvamos al Pompidou y recuperemos lo poético que se deriva de un edificio tan discutido en sus inicios. Insisto en que esa belleza difícil de comprender requiere un entorno apropiado, y en el París de la lluvia incansable y los días grises de otoño, la perspectiva desde el otro lado de los paneles, acribillada por las gotas y la suciedad del aire mezclada con la del propio cristal, ofrecen una visión del viejo-nuevo-viejo París que hipnotiza sin remedio. Mirar al frente y ver los tejados que las películas de la “Metro” nos ofrecían en maravillosos trabajos de decorado y pintura, ahora con los colores desvaídos y las gárgolas en forma de canalón vigilantes. Jugar con las perspectivas del interior agrupando a los visitantes con el fondo, ciudadanos momentáneos de un incómodo laberinto. Contemplar la terraza abandonada al cielo implacable, afortunada ella al escapar por un día del bullicio del turista quejándose de los precios. Hacer chocar con la mirada las esculturas de metal retorcido frente a la molesta luz reflejada sobre las nubes para obtener unas sombras chinescas, complejas de definir. Y observar al enjambre de personas que entran y salen del edificio y se reparten por la plaza en cuanto el agua les deja unos minutos de respiro para descansar, devorando un bocadillo pensado para estudiantes, pero que sabe y sienta en ese momento como el mejor de los magrets.

París, tercer día -  Centre Pompidou

París, tercer día -  Centre Pompidou

París, tercer día -  Centre Pompidou

París, tercer día -  Centre Pompidou

De vez en cuando abandonamos el mirador y las obras efímeras que forman las gotas de lluvia y nos entretenemos con las que están colgadas en las paredes o colocadas sobre pedestales, poniéndonos estupendos con alguna que otra exposición temporal de artistas que supieron colocarse en el momento oportuno y ahora se encuentran en el lugar correcto… aunque en alguna ocasión hubimos de ocultarnos tras el panel más cercano antes de que nos estallara la carcajada —literalmente— con según qué concepto del arte.

París, tercer día -  Centre Pompidou

París, tercer día -  Centre Pompidou

Largo rato después, tras extender nuestra opinión hartística y hartible, y una vez hemos decidido que, si nos mudamos de casa, será para instalarnos permanentemente en la librería de este museo, engañamos por un momento al cielo gris y aprovechamos para salir de nuevo a la plaza. Aquí no me resisto a tomarle una foto a esta escultura, ya famosa en varios viajes alrededor del mundo, como muestra de un momento futbolístico lamentable y mítico, que supuso tanto dolor como incredulidad entre el aficionado “bleu”. Pero la gente se la tomaba con humor e incluso cierto orgullo, pues en París son históricamente muy de eso: capaces de extraer un ápice de victoria incluso a las derrotas más amargas.

París, tercer día -  Centre Pompidou

Más fotos, como siempre, en este álbum.

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