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Todología con bigote
Usted es sospechoso

Me da la sensación de que España está en medio de una guerra fría a pequeña escala, donde la primera arma es la propaganda y la segunda el miedo. Es una guerra desigual, claro, ya que uno de los contendientes tiene en su mano un poder casi absoluto para perpetrar, aprobar y hacer cumplir leyes contra quien le molesta. O, incluso, para desdeñar el cumplimiento de otras leyes si le resultan perjudiciales y que no suceda nada. Además tiene a mano muchos más medios y dinero para que la propaganda disponga de mayor alcance.

Como la batalla de la propaganda parece que, a pesar de todo, la está perdiendo, el gobierno pretende atajar por el camino del miedo, que suele ser más eficiente. Ya lo ha intentado en múltiples ocasiones, muy parecidas en el método, la última a partir del asesinato de Isabel Carrasco, la presidenta de la diputación de León. Han bastado menos de cuarenta y ocho horas para que se supieran detalles ciertos del crimen y los motivos de la presunta asesina: una venganza personal, una historia truculenta detrás, una planificación (muy cutre, la verdad) de varios años… sin embargo, la maquinaria propagandística se puso en marcha desde el principio. Nada más saltar la noticia ya hubo algún medio (cuyo nombre omito porque desgraciadamente no tengo captura del momento) insinuando un crimen terrorista. Pronto quedó claro que no había ni el asomo de tal cosa y la maquinaria viró, esta vez mejor engrasada, hacia los indignados, las redes sociales, e incluso plataformas anti desahucios como la PAH. Y ahí sí caló el mensaje entre los incondicionales, propagándose por los canales habituales y contando, como siempre, con la inestimable colaboración del gobierno e incluso algún miembro del PSOE con más sueldo que sesos. Pero la maquinaria no sirvió sólo para decretar un culpable “oficial”, sino que también fue muy útil para desactivar actos de campaña, colocando una estrella amarilla mediática a los partidos que no fueran a sumarse al “profundo dolor” de tan luctuoso suceso. Funcionó, claro, convirtiendo el asesinato en tragedia nacional cuando no fue más que, perdonen la frivolidad, un vulgar crimen de los que suceden a diario, por desgracia, en España. Y de los que el gobierno suele pasar como de la mierda, si me disculpan ahora la expresión.

La maquinaria no se detiene y, mientras que se aprovecha para diluir en los medios la dudosa ética de la difunta, acumuladora de cargos y sueldos e implicada en chanchullos a costa del dinero público, nuestro ministro meapilas favorito azuza a las fuerzas de seguridad para que “investiguen” a aquellos que en las redes sociales hayan podido alegrarse del asesinato, insultado a la muerta, se hayan burlado de familiares, amigos o compañeros de partido, o se hayan vestido con mallas rosas, qué se yo. La red es culpable y lo primero es denunciarlo en alto y luego advertir de la persecución. Y así, del arma de la propaganda se pasa al arma del miedo, mucho más efectiva. O se combinan ambas, para multiplicar su efecto, y un ejército de tertulianos, portavoces políticos, hojas parroquiales —perdón, quería decir diarios nacionales— sirven de amplificador reverberante para avisar a esos indeseables del ordenador: vamos a por vosotros.

Penalmente es una estupidez, claro; cualquier jurista les dirá que sólo puede haber apología del delito cuando ésta es previa al delito en sí. Pero ¿creen ustedes que a estas alturas el ministro meapilas se va a parar en legalismos idiotas? Primero encierra a la gente, acojónalos un día o dos, suéltales con una multa y ponlos a disposición del juez, que para cuando éste diga que menuda idiotez le han mandado, a los “tuiteros descarriados” se les habrá pasado la gana de seguir protestando. Quien sabe, lo mismo con un magistrado algo más carca conseguimos alguna sentencia de conformidad que airear en la prensa para ponérselos más de corbata a esos subversivos.

La jugada es magistral: se arma el ruido suficiente como para que el ministro se convierta en sumidero de las críticas, la red se inunda de indignación y chistes sobre lo tarado que está, juantags como #LaCárceldeTuiter o #TuiteaParaLibrarteDelTalego rebosan de ingenio y humor… y, mientras tanto, se nos van olvidando detallitos como el curioso currículum de la difunta, o, por ejemplo, que el juez Ruz ha preguntado en Suiza a qué político del PP corresponden seis cuentas en Suiza que aparecen en el sumario. Se diluye o desaparece el debate entre dos principales candidatos a las elecciones europeas, se ignora la moción de censura en Extremadura (silenciada por la TV regional, por otra parte)… Twitter arde, pero por otra cosa. Misión cumplida.

Este tipo de guerras frías no se componen de batallas aisladas que puedan ganarse, sino que requieren tanto una lucha activa como una resistencia continua, puesto que de un lado se tienen recursos ilimitados (y mayorías absolutas sin posibilidad de contestación) y cuentan con la victoria por agotamiento del contrario. De nuestro lado sólo quedan las tragaderas, estómagos a prueba de bomba, el conocimiento y capacidad de difundirlo, y, de vez en cuando, una papeleta que meter en una urna, aunque esto último no acabemos de usarlo debidamente.

Pero es necesario continuar, y en todo momento recordar esto: aunque ellos tengan las alforjas repletas de crímenes, el sospechoso siempre va a ser usted. Es mucho más fácil conseguir que la gente lo crea que desmentirlo.

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