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Todología con bigote
Hay gente fea

Hay gente fea.

La frase aquella de “la belleza está en el interior” está un poco manida y no creo que sea cierta. Es más probable que la belleza se exteriorice siempre, pero su manera de manifestarse difiera de persona a persona. Lo que sí suele estar en el interior es la fealdad, la podredumbre, el hedor, el horror… aspectos todos de una misma realidad que más pronto o más tarde se ve inconteniblemente reflejada en el exterior, sin posibilidad de detenerla.

No sé si les pasa: gente que conocen, de toda la vida o de sólo unos minutos, o de verla por televisión o en los periódicos, que de repente se vuelve fea, feísima. Es gente absurdamente, ridículamente fea, aunque al principio no lo notemos. Una forma de hablar, una forma de pensar, una actitud ante la vida y ante quienes le rodean, que poco a poco se traducen en una nariz afilada, arrugas mal dibujadas, ojos que se hunden en sus cuencas (y, a veces, se hunden todavía más merced a un maquillaje que los oscurece), pellejo que se descuelga y ríctus en los labios de enfermedad. Hay un mapa del carácter y las tripas de esas personas que las vuelve aborrecibles a nuestra vista y a nuestro espíritu. Porque las conocemos y contemplamos la transformación, a veces abrupta, en su verdadero ser.

Y es curiosísimo, porque en la ficción también ocurre; en parte por el trabajo de profesionales de la caracterización que consiguen transmitir la degradación del personaje, pero también en parte porque el cerebro humano acaba asimilando, supongo, la maldad que emana de aquél hasta que la percepción que tenemos de su físico se retuerce de acuerdo con lo que para nosotros significa ese individuo. Diría, además, que sucede cuando la evolución (involución) de dicho personaje se produce de manera gradual y bajo un argumento sólido, por lo que si la historia es maniquea y el carácter es plano no nos daría tiempo a corregir nuestra idea mental de lo que vemos.

Por aclararlo de nuevo, aunque creo que no hace falta: la estética aquí no pinta nada. Hay personas con nariz afilada, ojos hundidos, cuajada de arrugas y con la piel ya rendida ante lo imposible a las que encuentro inconmensurablemente bellas. En cambio hay otras que ya pueden entregarse al bisturí o a los afeites más caros del universo, que nada podrá impedir que toda esa roña acumulada dentro se acabe desbordando por sus poros. Presentan una ventaja: se vuelven fácilmente identificables… y evitables.

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