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Todología con bigote
Contrastes urbanos

Como todas las grandes ciudades, supongo, Múnich presenta grandes contrastes en apenas pocos kilómetros cuadrados. Barrios prácticamente contiguos enseñan estampas móviles de la ciudad tan diferentes que para el visitante despistado puede parecer que de repente se ha perdido de su segura zona de confort, y empieza a buscar desesperado la boca de metro más próxima en la que pueda volver a orientarse.

El centro neurálgico muniqués, es decir, aquel por el que se mueve la marea humana más despacio, comprende cuatro o cinco espacios conocidos y superpoblados de habitantes efímeros: Marienplatz, con los dos ayuntamientos y el carillón que congela las miradas del público tres veces al día; Viktualienmarkt, con sus puestos de carísimas viandas y sus vendedores políglotas, en una suerte de Gran Bazar al aire libre con ese sentido del orden intrínseco al teutón y algo más expansivo en el bávaro; Kaufingerstrasse, Neuhauserstrasse y Sendlingerstrasse, ese triángulo escaleno encerrado entre dos arterias comerciales que tienen exactamente las mismas tiendas que cualquier otra ciudad europea (por lo que es virtualmente imposible reconocer una de otra cuando la televisión nos muestra fragmentos de alguna de ellas); Odeonsplatz, símbolo triste de las demostraciones nazis, ahora tomado por niños y mayores que domeñan a los leones que vigilan la grandiosidad de los edificios adyacentes como la Residenz; o Karlsplatz, plaza semicircular desde la que se divisa el monumental y a la vez agobiante Palacio de Justicia, sirve de punto de encuentro de turistas y locales y separa el adoquín y los portones de piedra de la funcionalidad en cristal y acero mediante una densa barrera de tráfico y ruidos. Hay más ejemplos, pero una breve visita a Google Maps les dará una idea de la ubicación bastante exacta.

Al este de lo descrito, en dirección al río pero sin alcanzarlo, el visitante puede encontrarse de repente en una tranquila, casi bucólica zona donde un parque al estilo alemán, esto es, casi un bosque recortado a escala, acompaña a un arroyo domesticado con un canal. Este arroyo es el Glockenbach, que bordea el barrio del mismo nombre, ocupado sobre todo por familias jóvenes que en cualquier momento pasean con sus hijos o, si el día es cálido como fue el caso hoy, aprovechan para enseñarles los primeros trucos en el manejo de la bicicleta. La maestría que demuestran algunos micos que no levantarán del suelo más de siete años da envidia, sobre todo para los que aprendimos un poco a trompicones y todavía hoy miramos a las dos ruedas con demasiado respeto. A este paseante que escribe (o “pateante”, que lo explica mejor), si no conociera ya el entorno, le parecería que alguien le llevó con una venda en los ojos hasta el paraje agreste más cercano y necesitaría un autobús de línea para regresar a casa. Y, sin embargo, Glockenbach está tan incrustado en Múnich como sus cervecerías, pero su particular situación casi le inmuniza de la agresividad de los motores.

Sin embargo, si el viajero desconcertado se dirigiera hacia el oeste, o continuase todo recto desde Karlsplatz bajo la locura del diésel y los tranvías, llegaría hacia la Estación Principal de Ferrocarril (Hauptbahnhof), actualmente parte de esa obra sin fin que es Múnich, y apenas un par de pasos más le llevarían hacia la zona de Schwanthalerstrasse. Habitualmente —sobre todo en grandes urbes— las áreas que rodean una estación de tren o de autobús con gran tránsito de viajeros suelen mostrar la parte menos atractiva de la ciudad, y en esto Múnich no es una excepción. Los edificios se ven apresurados, las calles se ennegrecen más rápido de lo que da tiempo a limpiarlas, el ambiente es estruendoso y el aire parece incluso más pesado. Proliferan los neones de casinos, peepshows y saunas, mezclados con tienda de ropa de marca falsa. Todo muy sórdido, hasta ahí lo normal.

Pero sólo una calle más allá se descubre otro mundo, otra sociedad poblada de gente de múltiples razas, aunque el predominio es sin duda turco. Mercados repletos de frutas y verduras, con el género desplegado en el exterior, al paso del transeúnte que no puede evitar pararse. Conversaciones a viva voz en las esquinas, el mayor de pelo canoso asiente con mirada atenta a los aspavientos del más joven que le relata el motivo de sus preocupaciones. Familias repletas de niños y niñas que corretean entre las madres y abuelas, que no les pierden ojo ni por un segundo. Peluquerías de caballeros con todos los asientos ocupados por jóvenes y no tan jóvenes esperando su turno para ponerse presentables ante el fin de semana; también hay varias academias, que es donde van las chicas y las señoras a dejarse hacer en cabello, cara y uñas por las aspirantes a maestras de la estética. Cada tres o cuatro puertas hay una tienda de electrónica de primera o segunda mano, al estilo de aquellos bazares que poblaban las calles españolas durante los años ochenta. Es una pequeña Estambul (u otra ciudad turca) inserta en la metrópolis alemana con fronteras invisibles y completada en su población con africanos, asiáticos de más allá de la Anatolia y algún que otro eslavo que comparte religión y costumbres con ellos. El choque cultural es tan rotundo y concentrado que cuesta creer que basta con andar trescientos o cuatrocientos metros en cualquier dirección para encontrarse de nuevo en la metódica y arrogante Múnich, aunque jamás se salió de ella. Schwanthalerstrasse y sus aledaños no son precisamente el barrio más hermoso de esta ciudad, pero es donde más vida se respira y de los lugares por donde más me gusta caminar cuando la recorro. Y casi siempre que voy al centro lo escojo como ruta de regreso a casa, simplemente por sentir esos latidos del mundo que sus habitantes se niegan a dejar atrás.

La gran ciudad son muchas ciudades, pegadas entre sí de tal forma que esquivan la homogeneización con relativo éxito. Se puede tardar una vida en conocerlas todas, y es una sensación permanente de sentirte extranjero el pasar de una a otra con frecuencia. Una sensación extraña y estimulante al mismo tiempo.

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