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Todología con bigote
Decir que no

Estamos en campaña electoral, y se nota. Aunque ésta no comienza oficialmente hasta el viernes, los ánimos llevan tiempo encendidos y todos los protagonistas ya tienen los motores a tope para pedir el voto a la más mínima ocasión. Tanto militantes como simpatizantes de los partidos que se presentan, especialmente las nuevas formaciones, llevan semanas haciendo proselitismo del duro, porque es mucho lo que se juegan y, por extensión, lo que nos jugamos. La derecha quiere ver estas elecciones como un refrendo a su política (pues el poder ya lo tienen consolidado) y, si no se da, le restarán importancia de cara al premio gordo de los comicios municipales y generales de 2015. La izquierda, por su parte, espera y necesita recuperar posiciones rápidamente como alternativa de gobierno y un resultado positivo en estas europeas puede servir como arma para las que vienen después. Entre medias y alrededor de estas opciones aparece la habitual maraña de siglas conformadas ad hoc para estas elecciones en las que hay una circunscripción única y, por tanto, las coaliciones preelectorales son imprescindibles para los pequeños partidos. Muchos de nuevo cuño y ya con presencia mediática no desdeñable, que esperan traducir en algún escaño el día 25.

Y luego está la abstención, ese partido sin militantes pero con muchísimos “no-votantes” que se perfila como primera opción arrasadora dentro de tres semanas. El desencanto general de los ciudadanos con la política (con los políticos, en general, pero al final afecta a todo el concepto), así como la indeleble sensación de que estos comicios no son más que un medio para enviar a gente jubilable a Bruselas para que cobren un sueldo de altos vuelos por hacer básicamente nada (que tampoco es cierto, o no del todo), provocan que en estas convocatorias la abstención se dispare.1 Normalmente es un fenómeno al que se le hace caso relativo, puesto que dependiendo de quién esté gobernando y con qué tipo de mayoría, una abstención alta puede ser una ventaja o un inconveniente. Porque tampoco se sabe a priori qué tipo de votante es el que se abstiene, y es una simplificación bastante dudosa pensar que en general es un votante antisistema; puede haber mil razones para no votar, entre las que están el poco interés, la desidia, el no encontrar un candidato que te parezca adecuado, la protesta pasiva (eso de la abstención activa es un contrasentido), el castigo a tu partido de toda la vida o, incluso, que no te salga de los huevos ir a votar. En otras palabras: no hay forma humana de interpretar un porcentaje de abstención, ni de darle un significado aceptable.

Ahora bien, ¿sirve para algo la abstención? Como siempre, es algo relativo. Hay un hecho indiscutible: en sistemas de cálculo electoral como el español, la abstención no sirve de mucho si se pretende con ella cambiar algo. Nuestra ley electoral no establece un quórum de participación para validar un resultado (tanto si vota el 20% del electorado como si lo hace el 70% el resultado es legal) y los porcentajes de voto, incluyendo el mínimo para entrar en asignación de escaños, se establecen sobre el voto válido y no sobre el censo electoral completo. Más todavía: en sistemas de proporcionalidad corregida y con el voto disgregado en circunscripciones (que no es el caso, repito, en los comicios del 25-M), una baja participación permite a los partidos mayoritarios obtener más escaños por menos votos (si se da una relación de fuerzas “habitual” según las tendencias marcadas por elecciones precedentes). Como método de protesta, la abstención es poco más que un porcentaje en las noticias y lágrimas de cocodrilo desde los partidos ganadores. Por demás, no es que haga demasiado daño.

Al mismo tiempo que los partidos piden para sí el voto, muchos también están haciendo campaña agresiva contra la abstención. Lo cuál está muy bien y tiene sentido, aunque yo me imagino que en estos casos, además de pedir a la gente que no se abstenga, se les pide que voten a tu partido, ya que están. Y eso ya no lo tengo yo tan claro, por la multitud de razones que mencioné arriba. En esta ocasión no es solo la izquierda ni la socialdemocracia quienes piden movilización (como de costumbre, pues su electorado suele ser más crítico… aunque menos de lo que dice el cliché), sino también la derecha, que ve cómo por una vez parte de sus votantes podría quedarse en casa, pero —y esto es para ellos lo terrible— otro sector podría disgregar parte del voto que iba al PP entre pequeñas formaciones escindidas de éste, además del nuevo aspirante a bisagra, UPyD, que les absorbe votos por el lado nacionalista. Y eso, si tiene éxito y se mantiene la ola hasta las municipales de dentro de un año, podría suponer un duro golpe para los “populares”. Y como lo segundo, esto es, el trasvase de votos, no se puede en principio evitar, pues en general se refiere a un ala muy radical (todavía más) difícilmente recuperable, lo primero (la abstención) supone una prioridad para ellos.
Así pues, la lucha contra la abstención tiene varios frentes y, paradójicamente, una llamada a la participación puede acabar perjudicando a los propios partidos que la realizan. Como ven, el cálculo electoral dista mucho de ser una ciencia exacta.

No soy muy amigo de la abstención, aunque con los años he ido moderando mi postura, originariamente muy radical y desaforadamente en contra. Siempre pensé —y lo pienso todavía— que cuesta mucho llegar a la democracia y mantenerla funcionando razonablemente bien como para desdeñar la oportunidad de elegir quién quieres que te represente o, si lo prefieren, quién quieres que te joda menos, con perdón. Pero mientras que antes echaba pestes de quienes decidían no votar por la razón que fuese, ahora llego a entender que no se quiera hacerlo, y también por un millar de razones posibles. Ya no creo en el adagio “si no votas, no tienes derecho a quejarte”, que en democracia es un absurdo en sí mismo, pero sí sigo pensando en la inconsecuencia del que no vota pero luego se queja de que le están jodiendo. No me vale el argumento de “si no te gusta, forma un partido y consigue que te voten”, porque la igualdad de oportunidades en el sistema partitocrático simplemente no existe: construir un partido desde cero y conseguir presentarlo a unas elecciones no es cosa fácil ni directa (cada vez menos; ya se ocupan los barandas de dificultarlo con prerrequisitos dudosamente democráticos). Y, por otro lado, hacerte una voz dentro de los partidos ya consolidados viene a ser como combatir contra molinos de viento, donde algunos de esos molinos monopolizan el reparto de la harina; no sé si se entiende la metáfora. Francamente, no son las grandes formaciones las más adecuadas para hablar del fomento de la participación ciudadana.

Aquí permítanme darle la vuelta al argumento: si quieres combatir la abstención (y de paso atraer a votantes a tu redil), no basta con poner a caldo al que se abstiene, ni con cuestionar sus razones, ni con ponerle delante las terribles consecuencias de su decisión de no acudir a la urna. Tienes que ofrecer una alternativa… no, me corrijo y aumento: tienes que ofrecer una alternativa suficientemente atractiva y creíble como para que ese votante potencial y descarriado quiera ir al colegio el domingo de elecciones a depositar una papeleta con el nombre de un partido, idealmente el tuyo. Los partidos, sobre todo los aspirantes, tienen aquí una responsabilidad muy alta en atraer al voto a quien de entrada no quiere votar, y en este aspecto concreto me da la sensación de que la eluden conscientemente, colocando a posteriori en el votante la responsabilidad de no alcanzar los resultados a los que aspiraban. Pero, incluso si toda estrategia falla, hasta la decisión final de no ir a votar ha de ser respetada; por muchos motivos, pero fundamentalmente por uno: porque democracia es también aceptar el derecho fundamental de una persona a decir que no.


1 Hay otro efecto secundario, que es que se vota a ciertos partidos por las risas, como seguro recordarán los que llegaron a ver a Ruiz-Mateos de eurodiputado. Pero esa es otra historia.

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