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Perspectivas desde el centro del caos
Mirando Madrid: La Feria del Libro

Ésta sí, ésta me la tenía prometida: ir a la Feria del Libro de Madrid se había convertido en una de mis pasiones literarias aún no consumadas. Aunque el orgasmo libresco no fue tan climático como cabría esperar, lo cierto es que mi primer recorrido por ese pasillo enorme incrustado en el Retiro resultó, cuando menos, epatante.

Y es que la Feria del Libro sería el ejemplo perfecto de un concepto que me niego a definir: un supermercado de la lectura. O de las lecturas, si lo prefieren. Cientos y cientos de casetas en los que uno puede hacerse con elementos muy dispares que van desde el más vendido de los más vendidos (que sería el “rebest” seller, o bestiaseller) hasta un pequeño tratado sobre las lenguas incaicas. No sólo hay literatura entendida como narrativa, ensayo, poesía… hay de todo: utilidades, cómics, mapas, divulgación, misticismo, cocina y un kilométrico etcétera. Expectoraciones del intelecto en sus más diversas formas y colores, no siempre saludables para las mentes ajenas, en muchos casos prescindibles, pero que consiguen lo que en otras fechas parece una mision utópica: que la gente se pare a mirar libros.

Pero en ese supermercado (¡o hipermercado!) de tinta y papel no sólo son libros los que caen a un hipotético carrito de la compra. También, cual si fuera un lineal de congelados, podemos echarnos al buche a sus autores, a algunos de ellos. Las bocinas del paseo resuenan a intervalos regulares anunciándonos, de manera no muy inteligible, las ofertas del día en firmas: Caseta cuarenta y cuatro, firma Zoroastro Cañabrava su obra “Cómo conseguí salir del autobús antes de mi parada”. Caseta ciento veintiséis, firma Nefertiti Yaskowicz su éxito “Mis hámsters a la plancha o en pepitoria”. Y observas maravillado la polarización del gentío de amplios codos, colocándose en perfectas y armoniosas filas que impiden majestuosamente el paso y la visión a quienes intentaban simplemente ver este o aquél número de la revista “Oxímoron” en la caseta más pequeña de la feria. De todas esas serpientes cabezudas hay una que atraviesa, casi de punta a punta el espacio entre las hileras de casetas. “¿Para qué es? Pregunto imaginando que Vargas Llosa o Gala andan cerca”. “Para Iker Jiménez”. Salgo de allí procurando aguantarme la risa hasta alejarme de los incondicionales fans de la humareda.

La Feria del Libro de Madrid “epata”, excede, agobia, gusta sin embargo. Es un hervidero de gente que camina, por una vez, sin gritar (salvo, curiosamente, cuando habla por el móvil, ahora más que nunca un “mancuentro”), de familias que se llevan a los críos para que se emboben con las múltiples casetas dedicadas en exclusiva al libro infantil, de extranjeros recorriendo con sus dedos obras y obras en un idioma que con dificultad entienden. Si se observara este paseo del parque desde lo alto, como lo ven los helicópteros y las cigüeñas, parecería una gruesa vena cuyo latido se incrementa los fines de semana para regresar a un ritmo más pausado de lunes a jueves. Desde luego que la sangre que circula por esa vena no está exenta de colesterol, y en ocasiones el movimiento por ella se dificulta enormemente porque, al parecer, el afán por la lectura y las estacionales ansias de culturización están muy, pero que muy reñidas con un cierto sentido cívico.

Por suerte no hay prisa: para esperar una mayor fluidez puede uno entretenerse (y agobiarse, porque querría comprárselo todo) en casetas como las de Hiperión, Valdemar, Anagrama o Visor, por citar algunas editoriales conocidas que, sobre todo, cuidan muchísimo sus tesoros literarios. Es fascinante hojear esos ejemplares luminosos, escuchar (no oír, escuchar) el crujido de las hojas nuevas abanicándonos mientras la vista las recorre buscando una frase o un párrafo que nos haga reaccionar y hacer la fatídica pregunta “¿cuánto cuesta?”, seguida del inevitable (porque la pregunta casi siempre lleva la respuesta a cola) “me lo voy a llevar”. Libro, monedas, bolsa, clinc-clinc, cambio, gracias y hasta luego. Nunca un “hasta luego” es más cierto para un lector que cuando abandona el mostrador de una librería.

Soy de los que tiene que ir a las librerías sin dinero ni tarjetas en el bolsillo, salvo que tenga en mente ya un libro o dos que incrementen mi ya repleta biblioteca casera. De lo contrario corro el riesgo de alimentar mis compulsiones por un título curioso, la llamada de un lomo algo sobresaliente de la estantería o, simplemente, ese ejemplar que se apila de manera diferente sobre una columnita cuidadosamente montada junto al bestseller de turno. Y entonces, parafraseando a Mafalda, mi pobre cartera sufre de colitis crediticia.

Por eso, porque sabía a lo que iba, procuré acudir con una cantidad fija de dinero imponiéndomela como límite de gasto en un lugar en el que sabía cómo entraba, pero no en qué condiciones saldría. A los que somos lectores o devoradores del papel impreso nos deberían colocar unos barrilitos al estilo Montecarlo en cada esquina de esta Feria, por el riesgo cierto de que acabemos empeñados hasta las cejas por conseguir la edición para coleccionistas de la última antología poética de __ (anótese aquí su autor favorito).

Felizmente la sangre no llegó al río y el forro de mis bolsillos permaneció dentro de éstos al terminar el paseo. Pero, como soy reincidente sin remedio, compensé con creces mi moderación del viernes con un pequeño exceso dominical que, sin embargo, mereció la pena. Gracias a una combinación de casualidades y—reconozcámoslo—cierta dosis de potra, este fetichista por defecto más que por exceso consiguió la firma de uno de sus autores más admirados. De modo que, para bien o para mal, mi experiencia primera en la Feria del Libro madrileña puede considerarse rentabilizada con creces. Y, desde luego, a pesar de los excesos, inherentes sin duda a la ciudad donde esta feria se ubica, está claro que el próximo año repetiré si aún permanezco aquí.

Termino adjuntándoles la lista de “jitos” conquistados:

... y alguna cosilla más, claro :-)

Comentarios

JJ :  8 06 2006 - 12:01

Muy divertido. Aunque no sé si coincido con tus gustos literarios. Salvo Forges, claro.

Otis B. Driftwood :  8 06 2006 - 21:48

Bueno, JJ, si eso no es malo, además mis gustos literarios son bastante amplios :-)

“Malegro” de verte por aquí de vez en cuando.

ladydark :  9 06 2006 - 12:19

Yo, que he crecido con la Feria del Libro, debe de celebrarse en el Retiro desde principios de los ochenta, le tengo un especial cariño. Es una oportunidad para toquetear libros, placer casi sagrado, para ojear y hojear, para dejarte el sueldo y decidir que el mes de junio en Madrid hace mucho calor y puedes sobrevivir con ensaladas y agua. De sus preferencias compradoras, me tendrá que contar que tal Ben Sahl, parece muy prometedor.

Enrique : 10 06 2006 - 08:35

Más que en busca de libros, yo suelo bajar a la Feria en busca de autores, es decir, voy a “mirar” autores, escritores, gente importante, interesante, o no tanto. Voy a mirarlos porque, aunque lo que de verdad me gusta es intercambiar palabras con ellos, mi proverbial timidez me lo impide. No es que, ante ellos, yo vea mitos imposibles que me hagan perder la palabra, no es esto. Es, más bien, que, finalmente, no se me ocurre nada. Un año fue Maruja Torres: le pedí una firmita para mi mujer y ella hablaba y hablaba, amablemente, y sonreía. Nada. Otro año, Benedetti: le pedí una firma para mi suegra: su poesía completa. Él estaba allí, en la caseta, con una cara de sueño y aburrimiento (yo añadiría: mala leche) que tiraba para atrás. Nada, no se me ocurrió decirle nada. Por fin, el año pasado: Fernando Savater: “La Infancia Recuperada” (si no lo has leído, éste te gustaría mucho, Otis). Aquí sí, aquí acerté a estrechar su mano con fuerza y a decirle: ¡muchas gracias, por todo! ¡muchas gracias!

Este año, sin embargo, he madrugado tanto que no he visto a ningún autor, a ningún escritor, a gente importante, interesante, o no tanto. Se ve que los escritores no madrugan. Bueno, miento, también este año he conseguido una firmita, aunque me da un poco de vergüenza contarlo. “La edad del pavo”, un libro sobre adolescentes. ¡Para esto hemos quedado, amigo Otis! ¿La autora? Alejandra Vallejo-Nágera, psicóloga, que ya lleva más de 125.000 ejemplares vendidos, lo que demuestra que los adolescentes, más que un dolor de cabeza, son una plaga maldita, terriblemente extendida. Alejandra nos explicó con amabilidad que no hay porqué asustarse. Los adolescentes son iguales en todas partes, es decir, todos estamos perdidos de igual manera y a ella, además, como psicóloga, le viene de perlas. El subtitulo del libro lo dice todo: cómo vivir con un adolescente y salir indemne. Veremos…

Por lo demás, yo también viví lo de Iker Jiménez (aunque he de reconocer que pensé, en un primer momento, que se arremolinaban para la firma de Jiménez Losantos), y también pensé que la serpiente sería para obtener la firma de Vargas Llosa, pero no, el pobre Mario estaba más sólo que la una. Y más adelante, sí, también observé cómo Forges se mesaba las cabellos (el mismo reconoce que tiene la cabeza muy grande), con lo cual, quiero decir, que estuvimos, mi querido amigo, pisándonos los pasos, muy cerca el uno del otro, muy cerca.

En cuanto a lo que tú denominas con acierto “colitis crediticia”, te diré que lancé mis redes únicamente a ediciones de bolsillo, y que ésta fue mi pesca este año (de gracia del dos mil seis, o eso dicen):

Spinoza: Filosofía Práctica, de Gilles Deleuze. Fábula Tusquets Editores.

Claudio Rodríguez. Poesía Completa. Fábula Tusquets Editores.

De Tales a Demócrito. Fragmentos Presocráticos. Alianza Editorial.

Parménides, de Platón. Alianza Editorial.

Itáca y más allá, de Claudio Magris. Huerga y Fierro.

Es decir, que cuando me pasen los recibos por el banco me voy a morir del susto.

En fin, ¡cómo nos gusta, a los letraheridos, hablar y hablar de libros!

Que me he enrollado demasiado, vamos, y que te pido disculpas.

Un abrazo, amigo.

Otis B. Driftwood : 10 06 2006 - 09:43

Ladydark: Lo de Ben Sahl tuvo más de curiosidad que de conocimiento… en Sevilla vivía al lado de una calle que tenía ese nombre. Curiosamente, se lo pusieron años después de que nos mudáramos allí, cuando construyeron multitud de edificios alrededor y tuvieron que reorganizar el noménclator para poder identificar los locales que allí se abrieron. De momento, todo lo que sé es que se trata de un poeta de origen judío que se convirtió al islamismo. Lo que se vislumbra en el libro tiene muy buena pinta. Aprovecho para decir que la caseta de la librería “Diwan” era una de las más hermosas, al menos en cuanto a títulos exhibidos.

Enrique: Anoto el libro de Savater para la lista, ¿sabes que aún conservo aquella que me mandaste sobre filosofía? Debería volver a ella más pronto o más tarde. Por cierto, el año que viene quedemos para ir juntos a la Feria, hombre, que esto de andar tan cerca y no vernos “no pué sé”... :-)

Emilio Ortiz : 12 06 2006 - 20:30

Pues sí Otis. Tu escrito es fresco y personal. Mi esposa y yo nos identificamos con el mismo porque nos vemos retratados hace algunos años. Conozco Madrid, a la que fui hace mucho tiempo (diciembre 1979).

Tu paseo nos permitió pasear también y al hacerlo, brotó la nostalgia por esos pequeños-grandes gustos que son inalcanzables para nosotros en este momento.

Gracias por compartir tu excursión y por tu buenos deseos.

Saludos

Otis B. Driftwood : 13 06 2006 - 22:36

Gracias a ti, Emilio. Mis paseos son para eso, para que además de yo mismo los disfrute gente como vosotros. Un abrazo.

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