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Todología con bigote
Contra los prólogos

Aunque me encanta escribir prólogos (nunca he escrito ninguno), estoy fundamentalmente en contra de ellos. Raramente los leo y, si lo hago, sólo tras terminar la obra que encabezan, para evitar condicionar la lectura con la visión más o menos benévola de otra persona. Y aún en estos casos, normalmente sólo si lo ha escrito el propio autor del libro.

Un prólogo, si es ajeno, es un ejercicio de masturbación pública: o bien para cantar las beldades (que no verdades) del escritor, o bien para que el prologuista tenga oportunidad de leerse y gustarse a sí mismo. El prólogo es un bulto, es un grano, es un pegote, es un TUMOR que le sale al libro por decisión de un autor inseguro de sí mismo o de una editorial que espera ganar dinero a través del prologuista antes que del escritor. Para colmo, dándole la misma visibilidad a ambos poniendo el nombre del prologuista ¡en portada!. Haciendo esto el prólogo, que ya de por sí es algo extirpable, minimiza al autor, le deja en segundo plano, le pone un bastón que no debería necesitar. Le está diciendo (o se está diciendo): “te pongo unas letras elogiosas de un colega consagrado para que la gente sepa que eres bueno, ya que por ti mismo igual no lo consigues”. El prólogo son las gachas de Oliver Twist o el compañero no deseado de un policía solitario.

¿Y si lo ha escrito el autor? Una vez alguien me convenció (y muy bien) de que la literatura debería poder explicarse sola. Que si hace falta un prólogo para que el autor explique qué va a contar luego o por qué lo cuenta, entonces la obra cojea de algo. Y cada vez estoy más convencido de esa aseveración. Me da muchísima rabia cuando un autor justificándose ante sus lectores o afanándose en aclarar partes de algo a lo que tanto trabajo se supone que ha dedicado. Tampoco ha de usarse un prólogo para fuentes, agradecimientos, cariños varios o chistes del perro Mistetas. Para todo eso se inventó el epílogo y pretender que el lector se trague lo inconsecuente antes de empezar con la mandanga es una actitud egoísta y presuntuosa por parte del escritor, que para colmo quiere servir de barrera protectora ante una posible plasta de trescientas páginas.

Hay que evitar los prólogos, pues. Aborrecerlos, saltárselos, arrancarlos si es necesario. Que no molesten ni interfieran en la bendita labor de leer porque a algún insustancial se le ocurrió que la obra estaba lesionada y necesitaba una muleta y una escayola para protegerla de… ¿de quién, del lector? ¿Y para qué escribes, infeliz? Y si el autor, que los hay, quiere venderles su novela diciéndoles quién la prologa, contéstenle: “ah, pues si lo tuyo no es tan bueno, mejor que lo lea tu prologuista”.

¡Abajo los prólogos!

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