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Todología con bigote
Prospección infantil

Una polémica ha hecho arder tuiter… no, es mentira, en realidad sí que hay una polémica, pero de la que se ha derivado una discusión que yo no tengo clara: ¿qué contamos a los niños?

ACTUALIZACIÓN: He añadido más abajo otro extracto del libro de texto para ocho años sobre Antonio Machado.
ACTUALIZACIÓN 2: No estoy seguro de que sea el mismo libro, lo pongo en cuarentena. Lo que sí parece es que es de la misma editorial.
ACTUALIZACIÓN 3: El corte sobre el libro de Lorca (primer tuit incrustado en el post) es incompleto y probablemente lleve a engaño. Lo aclaro más abajo en la rectificación y les pido disculpas por ello.

Empieza esta tarde, cuando en internet salta la noticia de que un libro de texto de educación primaria (para niños de seis años) contiene la siguiente semblanza de Federico García Lorca, simplificada para esa edad. Entren en el enlace, que es un minuto, y luego seguimos.

Yo me entero de esto en Twitter porque alguien escribe que esto es una vergüenza porque no se cuenta que a Lorca lo fusilaron por rojo y homosexual. El tuit es rápidamente retransmitido y, casi a la vez, saltan voces igualmente sensatas que afirman que, tratándose de niños de seis años, tampoco tiene mucho sentido ir más allá de decir que Lorca murió en vez de que lo mataron. Que ya tendrán edad de saber qué era la Guerra Civil y qué sucedió en ella. Esta opinión me parece tan respetable como parcialmente equivocada. Y creo que esa equivocación parcial es, sin embargo, un resbalón gordo.

Yo pasé ocho años en colegio de curas, pero cuando entré con seis no sabía que aquello era un colegio de curas, o qué significaba ese concepto. Se me educó en él como cristiano y abracé la religión (de vaga manera) durante parte de ese tiempo. Recuerdo pocas cosas de primero y segundo de EGB, pero sí que rezábamos todos los días por la mañana, tanto en el patio al formar como dentro de la clase antes de empezar la primera hora. En el primer caso con el director, que era cura y en el segundo con nuestra maestra, muy buena mujer y muy buena maestra, y también muy creyente. Y recuerdo que rezábamos mucho, por ejemplo, para que lloviera, pues 1981 fue un año de una sequía espantosa. Y recuerdo que nos contaban todo el rato eso de que Cristo murió en la cruz, crucificado, veíamos los crucifijos con los clavos y nos parecía la cosa más natural del mundo. Y recuerdo que con esa edad vi en la tele una película sobre Jesús donde aparecía la crucifixión y, al ver clavar los clavos, me eché a llorar, mi padre me tuvo que explicar que era de mentira y no pude dormir esa noche.

Recuerdo también que hacía muchas preguntas, y cuando nos preparaban para la comunión, en tercero, preguntaba cosas tan peregrinas como de qué se había muerto Herodes (no me pregunten por qué se me quedó este detalle). Creo que llegué a desesperar a más de un profesor de religión, pero sin querer. Ya algunos años después empecé a preguntar cosas más serias, de política, de religión (hablar del aborto me supuso alguna que otra mala cara y yo no entendía por qué), de otros temas. Y paradójicamente empecé a perder la fe cuando un profesor de ese colegio, que pertenecía al contingente de profesores pagados por el Estado (el centro era concertado) soltó la duda de que dios existiese en un momento de fino cabreo.

Con esto quiero llegar a que un niño de seis años no es tonto, ni ciego, ni sordo (en general). Tiene una capacidad de absorber detalles tan grande que luego buena parte se le quedarán y condicionarán actitudes y pensamientos posteriores. No es algo trivial, por eso se llama “educación”, por eso sucede a partir de edades tempranas, y por eso tanto la política como la iglesia (la religión, vaya) intentan meter toda la baza que puedan en esta tarea, pues la doctrina entra al mismo tiempo y sin filtro que los conocimientos.

Tras todo este rollo, vuelvan por favor al enlace anterior y fíjense en la última frase, que transcribo aquí:

Poco después de terminar su última obra de teatro, […]Federico murió, cerca de su pueblo, durante la guerra en España.

Si descontextualizamos esta frase a alguien que no sepa quién es Federico y por qué lo mataron, da la impresión muy clara de que Federico murió de forma normal, con el trasfondo “bucólico” si quieren de que lo hizo cerca de su pueblo, de su casa, en una guerra. Ya se sabe que en la guerra muere gente, pero bueno… al menos lo hizo cerca de su pueblo, eh.

— Oiga, bigotudo, que ve usté fantasmas donde no los hay. La frase es muy inocua.

Puede ser. Pero a mí no me parece nada casual. Y me lo pareció todavía menos un rato después, cuando una tuitera cuelga lo siguiente:


Este texto, de la misma editorial, es para libros de ocho años, que ya tienen la mente en un nivel superior, por así decirlo. Y aquí la frase sobre la guerra no es nada inocua. Son “cosas que pasan” es lo que da a entender. Al menos aquí dice que fue asesinado, aunque no explica por quién ni por qué.

RECTIFICACIÓN: Aquí pueden leer el PDF de donde procede ese extracto, y sí habla del asesinato de Lorca y de al menos parte de sus circunstancias (página 7). Les pido disculpas por no haber cotejado los datos antes de publicarlos.

ACTUALIZACIÓN: Jorge García Castaño añade esta mañana una entrada del mismo libro (no estoy seguro de este punto, intento confirmarlo) sobre Antonio Machado:


¿Debemos entonces, como pedía el primer tuitero, contar todos los detalles y motivos del asesinato de Lorca? Probablemente no, más por la inutilidad de esto y sus efectos secundarios (es decir, que el alumno luego no pueda dormir) que por otra cosa. ¿Debemos dejarlo como está porque son niños muy pequeños y total, no pasa nada? Me niego en redondo, y mucho más cuando en paralelo a querer ocultar —intencionadamente, y de esto estoy convencido— la muerte de un poeta por motivos políticos no se tienen tantos escrúpulos en hablar de crucifixiones, dioses, creaciones, milagros y personajes imaginarios como si fueran reales. Una cosa es querer mirar exageradamente hasta el último detalle y otra muy distinta descuidar los detalles importantes, sobre todo si se disfrazan con colchones de plumas.

¿Cómo lo haría yo? Pues veo dos formas muy simples, una de poco alcance y otra con más chicha. La primera es, sencillamente, retirar la frase sobre su muerte. Efectivamente daña más de lo que aporta y, para lo que se está hablando, probablemente no sea lo más importante en ese punto de la enseñanza. La segunda me resulta más atractiva, pero ahí ya entraríamos en discusiones pedagógicas para las que no tengo la preparación necesaria: rehacer la frase poniendo que “le mataron” en vez de “que murió”. Si algún alumno conoce ya el concepto y es curioso, preguntará por qué, aunque lo más seguro es que no lo haga. Lo preguntará, si lo hace, en el mismo colegio o en su casa, y probablemente no entenderá la respuesta, pero ahí le quedará para volver a preguntar cuando crezca un poco más. Ojo, que lo mismo la respuesta que le dan no es la que usted cree que deberían darle… pero ese riesgo va a existir siempre.

Así que sí, la denuncia y la polémica levantada, aun exageradas, me parecen como mínimo razonables. El adoctrinamiento en la enseñanza no es algo casual, ni inocuo, ni debe pasarse por alto. Si fuera inocuo, tengan por seguro que la iglesia católica no tendría ese afán en intervenir en los programas educativos y mucho menos en poseer colegios. Y tengan por seguro que los políticos dejarían a los profesionales la elaboración y aprobación de los contenidos y su forma de impartirlos. Son ya muchos años de querer controlar lo que pasa en las escuelas como para pensar que se hacen las cosas a la ligera.


1 Aviso a científicos: estoy hablando muy a lo bestia. No se me echen encima.

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