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Todología con bigote
La ronda nocturna

Por esta época las noches siguen siendo frescas, pero ya soportables como para salir al balcón a respirar.

Desde pequeño me gusta ese período del día en el que el sol ya hace rato que se dio un descanso y son las ventanas de las casas las que iluminan el escenario. Apagar la luz del salón, salir al balcón y simplemente observar esas luces, escuchar los sonidos del final de la jornada, sobre todo cuando es viernes y la tranquilidad previa al fin de semana casi puede palparse con los dedos. Observo sin observar lo que puebla la oscuridad del patio trasero. Escucho sin escuchar las notas de una pieza de cámara donde las cuerdas son las voces de los vecinos, los vientos son tan leves que apenas crujen las hojas de los árboles, y la percusión los destellos de un par de ventanales tras los que una enorme pantalla de televisión acompaña a tiempo completo a la familia que allí vive. Y suena música, también; no es mi imaginación, alguien ha puesto desde hace un rato una pieza de violines que parece klézmer. Difícil de distinguir, pues se mezcla con las risas de dos amigas, ¿compañeras de piso?, que salen a la terraza a ponerse al día tras una semana en la que quizás no hayan podido verse más de unos minutos. Poco a poco se entrelaza otra conversación desde un balcón distinto, hacia la izquierda, donde una sombra habla por teléfono en un idioma indistinguible pero con tono inconfundiblemente preocupado. Un poco más allá, pero un piso por debajo, se ve una mota naranja, sin duda aquella señora ya mayor con la que siempre me cruzo, que sale a fumarse el último cigarrillo del día, exhalando el humo con la mirada puesta en un infinito al que no le apetece llegar.

Y llega un momento en que, casi en sincronía, las risas, las voces, los destellos y los humos ceden el paso a crujidos breves y suaves de balcones cerrándose, de cortinas desplegadas y aún de una persiana bajando, puede que para proteger a su dueño de una luz de madrugada que en este segmento del año ya comienza a brillar demasiado pronto. Poco a poco van desapareciendo los sonidos y la oscuridad ocupa su lugar…, lo único que va quedando es el violín, que no ha parado de tocar en todo este tiempo y ahora se escucha con toda la claridad del mundo; al menos, del pequeño mundo encerrado entre estos cuatro o cinco edificios. Poco a poco, el klézmer también se apaga y ya sólo queda el silencio.

…es cuando vira la noche.

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