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Todología con bigote
Sábado santo sevillano

El sábado santo en Sevilla es un día muy de resaca. Tras el bullicio extenuante de las jornadas previas, particularmente el paroxismo de jueves y viernes, el sevillano toma las calles y se toma a sí mismo con mucha más calma, de forma más pausada, casi contando los adoquines. Apenas un puñado de procesiones se van a dejar ver este día, todas muy bien localizadas, de manera que es día de cervezas y frituras y es normal contemplar los bares bien llenos a partir del mediodía, con gente dando buena cuenta del pescado a horas inopinadas.

Desde la Plaza de Cuba recorremos la calle Betis, donde soñolientos camareros abren con parsimonia mesas y sillas para ir formando las improvisadas terrazas al borde del río. Aún no han terminado y ya hay turistas expectantes para cumplir con sus horarios de almuerzo, más apresurados que los locales. Aunque la ciudad todavía está funcionando a medio gas, pues muchos han aprovechado el buen tiempo para huir a las playas, es posible toparse con bastantes negocios abiertos y escenarios tan clásicos como el del Mercado de Triana están perfectamente en marcha, para deleite del barrio y, sobre todo, de sus visitantes. Al salir, ya comienzan a verse familias con todos sus miembros en estado de revista para coleccionar ampollas y maltratar un poquito más a unos riñones que llevan pidiendo tregua desde el domingo anterior. Un desfile de niños con pantalones cortos y poca cara de seguir queriendo ver pasos enfilan el puente de Triana, del que nadie sería hoy capaz de adivinar que apenas veinticuatro horas antes estuviera al borde del colapso para ver pasar El Cachorro por primera vez en cinco años, tras llevarse ese lustro escondido de las nubes, en una curiosa paradoja para el que crea en dios, claro está.

De Reyes Católicos a Zaragoza y de ahí a Plaza Nueva y la Avenida, que aprovechamos que está vacía para recorrerla por el centro. Hace años, cuando todavía no era peatonal, pasar por ahí vestido de nazareno daba una curiosa perspectiva de los edificios. Los constantes parones y la marcha más lenta permitían fijarse mucho más en los detalles que cuando iba uno por las estrechas aceras, más pendiente de los escaparates y de no darse un rodillazo contra un bolardo. Hoy, que es propiedad casi absoluta —tranvía mediante— de los paseantes, ya no se halla ese contraste, pero sin duda es lo que el ciudadano ha ganado a la ciudad. Basta con mirar hacia arriba. Regresamos sobre nuestros pasos y debemos bordear la Plaza de San Francisco, pues ahí el carril de los palcos sí está cerrado al público general. Un ejercicio de privilegios que nos recuerda que Sevilla sigue siendo una ciudad de clases en las que para ciertas cosas necesitas tener unos apellidos concretos. Yo encuentro una cierta utilidad a las sillas y a la carrera oficial en la Semana Santa como método de ordenación del tráfico en unos días donde la amenaza del caos siempre está presente, pero al mismo tiempo ese clasismo en su reparto y, particularmente, en los palcos, me recuerda por qué esta ciudad se niega a progresar en muchos aspectos.

Tras una visita a la nueva tienda de Inés Rosales allí mismo, a la entrada de Hernando Colón, y decidiendo que necesita un empujoncito en cuanto al diseño interior y al atractivo para el visitante (pues a la calidad del producto hay que añadirle una buena presentación en tienda, y en esto todavía cojea mucho), proseguimos el camino subiendo hasta la Plaza del Salvador. Esta plaza resulta de lo más extraña para el extranjero que la visita por primera vez, pues el ver a una cantidad inabarcable de gente arremolinados frente a mesas altas y trasegando cerveza de pie mientras hablan a un volumen espeluznante, su primera reacción lógica es salir de allí espantado. “¿Por qué la gente está de pie? ¿Por qué come de pie?” Preguntas como ésta me las han hecho conocidos alemanes tras su primer contacto con el sevillaneo… de a pie, nunca mejor dicho. No hay respuesta; mejor meterse, echarle paciencia en la cola de la cerveza (o de la freiduría, que hoy estaba haciendo su agosto en sábado de abril) y comprobarlo. Los pobres todavía no se han topado con el Tremendo, claro. Nosotros estamos hoy en plan mesa y mantel, así que no nos paramos demasiado en la plaza, pero siempre me fascina, a pesar de haber vivido esto desde jovenzuelo, ese arrebujón de gente con cañas en la mano. Bajamos por Cuna y de ahí nos desviamos al último tramo de Sierpes, donde una librería que intentó hacer algo bueno con un cine abandonado ahora se ve obligada a irse del local, al parecer con discrepancias con el dueño por el alquiler. No diré aquí quién tendrá la razón, pero sospecho que el nuevo local que han ocupado, casi enfrente, no va a tener el mismo encanto que el antiguo Imperial.

Salimos de Sierpes y de allí al Duque, pero evitando cruzar la Campana, que ya empieza a estar agobiando. Calle Amor de Dios hacia abajo, Conde de Barajas y Plaza de San Lorenzo. Por el camino, bares, bares y más bares hasta los topes. Da igual que sean de nuevo diseño, de eso que ahora se ponen el prefijo “Gastro”, cofrades donde el incienso se mezcla con el adobo, o esquinas de barrio con media docena de mesas y mucho carrito de bebé, que yo no me explico cómo narices dicen que baja la natalidad cuando yo no veo más que churumbeles ternascos por la calle. Esto debe de ser la crisis… de los cuarenta. Llegamos hasta la calle Teodosio, que ya corre paralela a Torneo, esa gran avenida que bordea el Guadalquivir y deja a la Cartuja vigilante, y aterrizamos en la calle que lleva el nombre del río, a un restaurante llamado Manolo León, donde el gusanillo pide a gritos que lo maten con saña. Tengan cuidado si se dejan aconsejar por el dueño, o les pasará como a nosotros, que acabamos saliendo de allí haciendo la croqueta de lo cebaos que nos dejaron.

Como había que quemar esas viandas continuamos el paseo hasta la basílica de la Macarena, ya cerrada. Que ahí ya me hacen notar lo pintoresco de una iglesia con tienda de souvenirs en el exterior, bien visible. Y es que aquel pasaje del evangelio en el que Jesús expulsaba a los mercaderes del templo es, como buena parte de las escrituras, aparentemente sólo orientativo. Hoy el látigo de aquella expulsión seguramente se vendería en esas mismas estanterías. Continuamos por la calle San Luis y volvemos al enjambre de vías estrechas y sinuosas que componen esta ciudad donde las calles “paralelas” no se juntan ni en el infinito y en las que el propio Escher acabaría desquiciado. La tarde cae y ya se notan cada vez más comercios cerrados, abrazados al descanso de una semana —vuelve la paradoja— infernal. Plaza de San Marcos, desde hace algunos años libre de aquellos eternos andamios que sostenían una casa casi en ruinas, desvío de nuevo hacia San Román, donde no nos hemos encontrado por una vez al Risitas, calle Sol, plaza de los Terceros, conquistada también por las terrazas, y Santa Catalina, donde la ojeada al Rinconcillo es obligatoria si se quiere comprobar de un sólo vistazo la definición de sevillano en todos sus dejes y presencias.

Pataplum. Procesión.

Mira que hay pocas y nos hemos topado con una, la de la Trinidad. No cunde el pánico, hay relativamente poca gente —en traje de sevillanesca, que no de sevillanas, eso sí— y podemos contemplar con tranquilidad los tres pasos, guarecidos del sol en un portal que ahora es de un supermercado y antes de uno de los cines más viejóvenes de la ciudad, también de los que más aguantó a base de reestrenos, pero donde recuerdo las interminables colas para ver reposiciones de Disney y, sobre todo, “Los Cazafantasmas”. El Rialto era el cine que más cerca nos quedaba y la primera opción para echar la tarde cuando no había mucho que hacer. Acabó devorado por la propia crisis del sector —mucho antes de que empezasen a hablar de piratería, por cierto— y porque los grandes mercaderes del “todo a su alcance en cómodas estanterías” hacían ofertas imposibles de rechazar para quienes regentaban negocios ya ruinosos. Pero para muchos de nosotros representó una adolescencia de pantallas grandes.

Salimos a la Puerta Osario y nos asomamos a Casa Tomada, la librería y taller literario de unas buenas amigas, que hoy está cerrada, pero nos entretenemos un rato con sus escaparates y su oferta, pensando en volver la próxima ocasión que regrese a las raíces. Les deseo de corazón que les vaya bien, mejor incluso que ahora. Si tienen un rato pásense por el sitio donde Osario y Muro de los Navarros se juntan y cuélense por su puerta, a ver qué les ofrecen. O entren aquí. O aquí. Nosotros ahora nos alejamos y desaparecemos por la calle Santiago, revirando hacia la plaza de San Leandro o “pila er pato”. Mientras explicamos a una italiana que se ha perdido (y van…) cómo llegar a la Plaza del Salvador, se me olvida mirar si el pato sigue en su sitio o si se lo han vuelto a llevar, como suele ser despiadada “tradición” últimamente.

No sé cómo lo hemos hecho, pero hemos vuelto a esquivar la Alfalfa y, vía Descalzos, Ortiz de Zúñiga y Pérez Galdós nos hemos metido hasta Alcaicería para bajar a la Plaza del Pan, su nombre de toda la vida aunque siga ese letrero empeñado en llamarla “de Jesús de la Pasión”, porque un callejero sevillano que no esté plagado de cristos, vírgenes y santos es prácticamente impensable, aunque el ser humano (especialmente el homo hispalensis) sea bicho de costumbres y pase mil puertas de lo que diga el mapa. Pero regreso al paseo, porque entre medias hemos pasado por la zona más querida e invadida por los miles de estudiantes de intercambio que pueblan la ciudad nueve meses al año. Y ahí siguen clásicos del cubateo como el Habanita y —cómo no— el Sopa de Ganso, al que por razones obvias tengo cierto aprecio, aún sin haberlo pisado más de una docena de veces en mi vida.

De la Plaza del Pan entramos a Francos, un intento de hacer un centro comercial en la calle, pero que se hizo y publicitó tan mal que han cerrado más negocios de los que se pretendía impulsar. Ahora la calle se contempla desolada y me pregunto si algún ARCARDE conseguirá sacarla de su propio ensimismamiento. La calle Francos termina enganchando con otra clásica, Placentines, que representa el comienzo de la zona del turisteo por excelencia. A partir de aquí, si llevan pinta de guiris, por nimia que ésta sea, empezarán a acosarle en los distintos bares y restaurantes typical con menús dudosos (alguno bueno habrá, che) y precios nada dudosos: son en muchos euros. Eso sí, Placentines tiene posiblemente la mejor vista de la Giralda que se van a encontrar, pues casi al final de esa estrechísima calle la verán surgir entrambos muros y se tendrán que parar para hacerle una foto. Ergo, se les pondrá irremisiblemente pinta de guiris.

De nuevo aprovechamos que la primera aún no ha llegado a la Catedral y la rodeamos por detrás hasta el Archivo de Indias, evitando esa espantosa estatua al difunto papa polaco, que ahora sufrimos por culpa del enésimo ataque de ARCARDE en esta ciudad. Ya nos dirigíamos a la Puerta de Jerez, cuando…

— ¡Ay vá, el helado!

Ese pequeño —muy pequeño— hueco que ya empezaba a dejar el almuerzo nos recordaba que nos teníamos prometido un helado en La Florentina, en la calle Zaragoza, por lo que tuvimos que volver hacia esa calle, pero esta vez por el Postigo y Arfe, Castelar y Plaza de Molviedro. En esta plaza recuerdo haber visto por primera vez hace… buf, la tira de tiempo, ver pasar al Gran Poder, durante mi época de adolescente cofradiero. Y recuerdo que había una residencia de ancianos que llevaba el Monte de Piedad, y que cuando los pasos se acercaban, algunos de esos ancianos, que casi no podían ni moverse, salían a los balcones ayudados por las enfermeras —hay que hacer notar que eran alrededor de las cuatro de la mañana— a contemplar los motivos de su devoción, a través de una fe que mantuvieron, seguramente, hasta la hora final. Hoy esa residencia está en obras, no sé desde cuándo, ni sé si volverá a tener la misma función cuando éstas terminen. Pero, independientemente de que yo me considere ateo desde hace muchos años, la impresión que esas personas me dejaron con su fe todavía perdura.

En La Florentina, cuyo dueño y maestro heladero, Joaquín Liria, aparentemente no se ha tomado vacaciones y allí estaba dando el callo con el resto, nos podemos encontrar sabores de lo más pintoresco. Mejor no preguntar y simplemente probar, ahí que nos marcamos uno de flor de azahar y otro de limón con yerbabuena… Esto es mejor comérselo tranquilo en la Plaza Nueva, así que aparcamos el culo en un banco y apuramos el helado casi con avaricia. En ese momento decidimos (nuestros pies más que nosotros), que ya iba siendo hora de regresar a casa antes de que el sevillanómetro explotase, y con una ruta óptima —esta vez sí— hacia Plaza de Cuba dejamos por concluido el sábado santo, agradable de pasear y mucho más de observar.

Que podría haber sido cualquier otro sábado de cualquier otra semana, pero no me negarán que para empaparse de Sevilla éste traía una notable cantidad de extras… Habrá que buscarse una próxima donde el olor a incienso sea menos intenso y las actitudes no estén tan condicionadas por palios y ciriales. Y lo mismo también la acabaré contando por aquí.

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