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Todología con bigote
Mirando Madrid: En el Congreso

Estar en una ciudad como Madrid es casi como hacer una carrera de obstáculos, y no lo digo por las zanjas. Dada su situación geográfica, política y cultural, hay tantas cosas para hacer que cada vez que completamos una es como si pusiéramos una marquita junto a la lista de “lo que me queda por ver”. Y la lista es bien larga, oigan. Por eso, cuando tienen lugar actos como las recientes “Jornadas de Puertas Abiertas” en el Congreso de los Diputados, es bueno aprovechar la mañana del sábado para visitar el lugar donde sus señorías se lanzan escupitajos cada semana y comprobar que no hay sangre en las paredes de los pasillos o cosas así.

Mereció la pena esperar en la cola: para empezar, fue muy buen detalle el que nos hicieran entrar por la puerta de los Leones, que solamente se abre cuando el Rey va a presidir la sesión. Ello nos permitió recrearnos en lo impresionante de la primera estancia, llamada “Salón de los Pasos Perdidos”, pues ahí es donde los diputados pasean y conversan en los tiempos muertos que hay durante los plenos y—supongo—donde se producen todas esas declaraciones que luego son sacadas de contexto y puestas en portada de los periódicos. Una amable ujier nos da la bienvenida y nos explica brevemente cuándo se inauguró el Palacio por la Reina Isabel II y el salón donde nos encontramos. La visita, sin embargo, no es guiada y pronto nos dejan sueltos para que trisquemos a nuestras anchas por el recorrido fijado por las señales.
Entramos seguidamente al Escritorio del Reloj, sala llamada así por el impresionante cronómetro que la preside (dicen que es la pieza más valiosa de todo el edificio), que tiene en su fuste múltiples esferas que marcan la hora en distintos puntos del globo, además de un calendario perpetuo y mil cosas más dispuestas muy barrocamente pero que le confieren una gran belleza. Al lado de dicha estancia se encuentra el Escritorio de la Constitución, donde se conserva un ejemplar manuscrito de ésta, firmado por el Rey y por Fernando Álvarez de Miranda, a la sazón Presidente del Congreso. También hay un retrato de los reyes en el que parece que a Juan Carlos le falta el bastón por la posición de la mano, un tanto extravagante. No nos detuvimos mucho ahí porque, justo detrás, llegamos a donde realmente todos quieren entrar: el Hemiciclo.

Sí, es más pequeño de lo que se ve en la tele, algo que por otra parte es muy habitual; para empezar porque no es lo mismo verlo desde arriba y con un cierto ángulo que entrar desde la parte baja, entre las tribunas y los escaños. Aun así, es bastante amplio… cuestión de perspectiva. Recorremos las escaleras y los pasillos, ya que a la tribuna no se nos permite subir, quizá porque en ese momento está allí Manuel Marín, que es entrevistado para los micrófonos de la COPE, a quienes tocaba ese día el turno para hacer el programa desde la Cámara. Y es que, aunque sea día de puertas abiertas, no es posible hacer una libérrima visita, ni siquiera dentro del hemiciclo. Pasamos junto a los escaños de Mariano Rajoy, Joan Puigcercós, Alfonso Guerra,... el banco azul, sin embargo, está cortado por la Policía por el lado de Zapatero, quizá para evitar que se repita el desagradable incidente de la víspera, en el que una persona dejó una foto de Miguel Ángel Blanco manchada de rojo sobre el escaño del presidente.

Tras esquivar hábilmente el asiento de Martínez Pujalte y comprobar fehacientemente que los escaños son tan incómodos como parecen, salimos de la estancia por el lado contrario para alcanzar la primera planta. En ella encontramos una de las auténticas joyas del edificio: la Galería con los retratos de todos los que han sido Presidentes de la Cámara y donde se pueden ver obras de afamados pintores, como Madrazo, Sorolla y Romero de Torres entre otros. Bravo Murillo, Sagasta, Cánovas, Salmerón, Castelar, Ríos Rosas… es un auténtico calendario de la Historia Parlamentaria española. Como curiosidades, ya se puede contemplar el retrato de Trillo, el más recientemente acabado (aún falta el de Luisa Fernanda Rudí), puede también observarse el contraste con el resto de retratos del de Félix Pons, que destaca por su hiperrealismo y el sillón blanco en el que se sienta. o que el de Gregorio Peces-Barba es, con diferencia, el más feo de todos (hablo del retrato, no se me entusiasmen).

Al final de la galería nos encontramos con la Sala Mariana Pineda, lugar de reunión de la Junta de Portavoces y que, imagino que por la persona a quien está dedicada, tiene como protagonista al color verde, tanto en el tapizado de las sillas como en las paredes y cortinas. Una pintura sobre esta valerosa mujer corona la sala, en mi opinión una de las más bonitas y vistosas.

El resto de los edificios no tienen demasiado misterio: por un lado, tenemos la primera ampliación, en la que lo más destacado (que se pudiera visitar) es la Sala Internacional, donde se reunen delegaciones parlamentarias de varios países cuando ello procede. Es una sala forrada de rojo que parece haberse anclado a finales de los setenta, por la estética un tanto desvaída que tiene. Por otro lado están las nuevas dependencias o segunda ampliación, edificio situado al otro lado de la Carrera de San Jerónimo e inaugurado el primero de junio por los reyes, lo que ha motivado precisamente el que se celebren ahora estas jornadas. No pudimos visitar ninguna de las grandes salas de reuniones que están aquí contenidas, por lo que la visita se limitó a un recorrido entre pasillos que no aportaba mucho, salvo poder contemplar las diferentes obras de arte que los decoran, con obras de Luis Gordillo o Eduardo Arroyo, entre otros pintores contemporáneos y la curiosidad de ver un dibujo realizado por Carmen Calvo, que suponemos que es la misma ministra de Cultura. Esperemos que no pretenda dedicarse a ello cuando cese en el cargo, porque iba a pasar una jambre…

Y así terminó el paseo por uno de los centros neurálgicos de nuestra Democracia. Visitar el Congreso de los Diputados, pasar entre esos leones que antes sólo veía por televisión y que en ocasiones contemplaba a toda prisa mientras subía por la Carrera de San Jerónimo hasta la Puerta del Sol, colarme por entre las hileras de asientos donde nuestros políticos se asestan verbales puñaladas, observar los rostros pensativos, maquinadores, cansados, irónicos de nuestros antiguos presidentes (ejercicio de imaginación: ¿cómo pintarán el retrato de Marín? Yo lo haría con un birrete y una toga de severo y recto profesor)... Aspirar el aroma de los discursos parlamentarios provoca sensaciones muy estimulantes, mitigadas quizá por el hecho de encontrarme en medio de una maraña de turistas inquietos, donde se acumulaban opiniones muy dispares (había algunos que incluso parece que aprovecharon la visita para contagiarse de los malos modos de sus señorías en plena campaña electoral, por los comentarios que se oían). La breve estancia en el hemiciclo despertó mi vena egoísta y me hizo preguntarme cómo sería recorrerla en solitario, sin toda esa nube de curiosos que sólo querían sentarse en el sillón de sus políticos favoritos.

Con todo, fue una interesante experiencia que me gustaría repetir en el futuro, pero siendo esta vez testigo directo del fragor de la dialéctica política, aquella en la que Castelar, Sagasta, Cánovas, Maura o Iglesias fueron expertos y que tantas páginas escribió en nuestra Historia parlamentaria. Quizá pronto les pueda contar cómo se vive desde dentro una sesión de control al Gobierno. Procuraré llevarme la armadura y el paraguas.

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