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Todología con bigote
Hortensias

Encendió la luz con sumo cuidado, palpando cada arista del interruptor como para asegurarse de que seguiría allí una vez pulsado, que no se desvanecería en medio de la abrumadora claridad que enseguida invadió la estancia. Tendida boca abajo sobre la recargada alfombra estaba ella, con una evidente brecha en la coronilla y un rastro de sangre ya seca y parda que partía desde la herida hasta varios centímetros cuadrados sobre el dibujo iraní. Se quitó los zapatos y se aproximó lentamente, arrodillándose a su costado. Acercó la mano para acariciar su pelo, al menos el que no estaba pegado de sangre, y deslizó los dedos por entre los mechones, pretendiendo peinarlos y enredándose en el intento. Siempre fue una descuidada, pensó, descuidada y nerviosa, que se mesaba con frecuencia la melena dejándola completamente desmadejada. Así no podría estar presentable para el forense; qué van a pensar los vecinos, qué pensará el juez que investigue el caso. Aun muerta podía, por lo menos, haber intentado fingir algo de elegancia. Arregló un poco el desastre y aprovechó para estirarle el camisón, que no marcase arrugas cuando los fotógrafos llegaran. Todo estaba en su lugar previsto, el esfuerzo y el cuidado para prepararlo había sido inmenso y no iba a permitir que detalles tontos estropeasen el efecto.

Descolgó el teléfono y marcó las tres cifras. Pocos minutos después apareció el inspector por la puerta, acompañado de un sargento de uniforme y del médico forense. Algo después hicieron acto de presencia los reporteros, una mujer y un hombre, algo inquietos —novatos, sin duda, pues no les había visto jamás por el pueblo—, a tiempo para acompañar a los ya presentes a una taza de café con galletas.

—Bien, procedamos — dijo el inspector, una vez apurado su café. Todos se levantaron y se dirigieron al salón, que aún tenía la luz encendida. — ¿No es posible subir las persianas, si no es mucha molestia?

—Sin duda, sin duda; perdone — le respondió — es que no quería que los chavales de la calle empezasen a fisgar por la ventana. Son muy impresionables, a pesar de lo traviesos.

—Comprendo. Veamos… el brazo derecho un poco desviado, ¿no? Y le falta un anillo.

—Ay, maldita sea, qué descuido tan grande. Estaba tan pendiente de la ropa que ni me fijé. Voy a buscarlo.

—Deje, deje, que se nos echa el tiempo encima. Ustedes —dijo a los periodistas— vayan tomando fotos, y por dios bendito, paren de temblar, que van a romper algo.

—Es que es la primera vez que nos llaman para esto —respondió la plumilla.

—Limítense a hacer su trabajo: un par de flashes, cuatro párrafos sin faltas de ortografía, y todo irá como la seda —giró la cabeza—. Sargento, tome huellas ahí, allí y sobre aquella cómoda. Doctor, ¿cuánto necesita?

—Unos veinte minutos— repuso el médico, que ya estaba examinando al cadáver con cierta desgana pero sin restarse profesionalidad. El inspector comenzó a impacientarse.

— Tendrá que valer. Sólo espero que el comisario no se haya levantado con el pie izquierdo, o me veo chupando informes hoy hasta las cuatro de la mañana.

— ¿Entonces puedo irme ya? —se oyó a su espalda. El inspector se volvió y se encontró con una mano sosteniendo el anillo que faltaba frente a su nariz.

— Sí, señora Marple, puede irse, ya la iremos llamando. Muchas gracias por su trabajo; a pesar de ese par de detalles sigue realizando usted auténticas obras de arte. ¿A quién se lo va a cargar esta vez?

— Sería estropearle la sorpresa, inspector, y eso me parece de muy mal gusto. No se preocupe, su comisario quedará satisfecho. La verdad es que tampoco era de las vecinas más apreciadas, pero aunque así fuera, el deber es el deber.

—Gracias de nuevo; y perdone mi brusquedad, pero estamos ya a día 27 y si no cumplimos la cuota de asesinatos resueltos por mes luego hay que dar muchas explicaciones ante el ministro.

—Me hago cargo, me hago cargo. A propósito, ¿podría hacerme un favor? Cuando terminen ustedes y ya pongan el precinto, ¿le importaría traerme unas cuantas hortensias del jardín de esta señora? Sería una lástima que se murieran…

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