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Todología con bigote
"No hay momentitos"

Tomo prestada una anécdota de mi primo César (@multimaniaco), que vio esa frase pintada a brocha en la puerta de un garaje de Madrid, para referirme al come-come del día; esto es, la inefable condesa Aguirre (y Gil de Biedma) aparcando en lugar prohibido, primero, y dándose a la fuga cuando los agentes de movilidad quisieron retenerla para el atestado y —suponemos, que igual es mucho suponer— la correspondiente multa. Toda la escenita, junto con la gira de Aguirre (y Gil de Biedma) por televisiones y radios afines y no tan afines para contar su berdaz con una cadena de argumentos a cuál más peregrino (algo que usted, pobre mortal, pobre ciudadano, en definitiva pobre, jamás tendría oportunidad de hacer), sumado a las adhesiones inquebrantables de sus fans dentro y fuera de las ondas, es un retrato perfecto de una España contemporánea que sigue con los mismos tics entre su clase política y su clase vasalla que hace cuarenta años.

A Aguirre (y Gil de Biedma) no le pasará nada porque está en el lado “de los suyos”, que se diferencia del lado “de los nuestros” en que pueden saltarse las leyes ostensiblemente y con fiestas del rabo porque son conscientes de que se encuentran blindados por su dinero y por su poder, directo o por personas interpuestas. Y da lo mismo que sea el robo de millones de euros, el destrozo sistemático e incontrolado de los servicios públicos (pues si las leyes estorban, basta con crear otras nuevas), o, como es este caso, el aparcar en un carril bus y pretender irse de rositas. Porque es Aguirre (y Gil de Biedma) y su desfachatez, su soberbia, y su asco por lo que es correcto y decente llevan marcando su comportamiento desde que empezó a medrar en esto del barandismo.

A lo mejor va siendo hora de hacer entender a estos especímenes que para ellos ya no hay momentitos. En realidad esos agentes de movilidad, aun jugándose el tipo (laboralmente) ya daban una pista de cómo hacerlo: aplicando las normas cuando toca. Tan complicado no debería de ser.

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