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Todología con bigote
¿Pero tú te lo has pasao bien?

(AVISO: ESTA NOTA PODRÍA CONTENER SPOILERS, AUNQUE INTENTARÉ QUE NO LOS HAYA)

Hace casi nueve años (cómo pasa el tiempo, Marichurri) escribí este texto para Libro de Notas en el que hacía una defensa muy caótica de lo importantes que son los finales. Lo recordé precisamente el día en que dicha web se despidió de sus seguidores con un trueno seguido de un susurro, para cumplir ambos tópicos, y lo vuelvo a recordar hoy, cuando en las redes sociales se discute febrilmente sobre el final de una de las series de la década, Cómo Conocí A Vuestra Madre. O, por sus siglas en inglés, HIMYM.

En realidad venía a decirles que esto no tiene nada de particular: rara es la ocasión en la que un final de serie, sobre todo cuando ésta ha marcado la vida —televisoria, tampoco exageremos— de tantos espectadores durante casi diez años, deja contenta a toda la audiencia. Lo habitual es que haya posiciones encontradas y enconadas, aunque con el paso del tiempo se acaben desbastando las pasiones para dar paso a los análisis. Y donde digo análisis a lo mejor tendría que decir recuerdos, porque al fin y al cabo no se puede cargar todo el peso de una ficción tan extensa en el tiempo en sus últimos veinticuatro minutos, y de esos casi doscientos cincuenta episodios siempre habrá una ristra de momentos que prevalezcan sobre el resto y cuyo encadenado supondrá lo que nos ligue a la serie, lo que nos haga comprarnos los deuvedeses (o los blurrayos, o lo que venga detrás) y las batallitas que contaremos dentro de otro par de lustros, cuando la tele vuelva a ser tan “radicalmente distinta” a lo que conocimos.

Lo que me lleva de nuevo al principio de esta nota: ¿importa tanto el final? Hoy no sé si escribiría algo tan categórico como hace nueve años, seguramente porque con el tiempo uno aprende a valorar más el aquí y ahora antes que la propia meta y, en consecuencia, comprende que las baldosas del camino, con sus baches y sus resbalones, resultan piezas esenciales en la comprensión de nuestras propias historias, por lo que es también necesario entender que en las historias ajenas pasa exactamente lo mismo. Que los finales, necesarios por inevitables, no siempre han de compensar un camino tortuoso ni por fuerza han de estropear un trayecto impecable. Y entre ambas cosas la gradación es infinita, naturalmente. Es curioso, porque la serie que concluyó ayer en la televisión estadounidense trata precisamente, fundamentalmente, sobre eso: la importancia del camino a construir hasta llegar al final.

Un final que gustará a muchos, disgustará a otros tantos (por si alguien se lo pregunta, yo lo habría hecho de otra manera) y dejará indiferente a un puñado, probablemente porque tampoco les llegó a interesar mucho el camino construido. Pero no por eso dejará de repetirse la historia, y dentro de otras tantas primaveras volveremos a la bizantina discusión sobre si la serie de moda debió terminar con una explosión nuclear, una boda en las Malvinas o una partida de ajedrez con jaque continuo. Y en todos los casos, pasado el ejercicio de lucha libre dialéctica, lo que quedarán son los recuerdos y la sensación de habérselo pasado bien, o no. Y por eso, seguramente, un final no sea tan—tan—tan importante.

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