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Todología con bigote
Periodistas en ¿libertad?

La noticia del día fue la llegada a casa de los periodistas Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova, secuestrados hace más de medio año por un comando islamista en Siria y liberados apenas veinticuatro horas antes. Desconocemos las circunstancias de su liberación —se les ha pedido que no las cuenten por motivos de seguridad—, aunque me imagino que más adelante sabremos qué pasó durante su tiempo de cautiverio y en el momento de abandonarlo. Las imágenes que han abierto todos los informativos de televisión han sido las de los dos periodistas descendiendo del avión y siendo recibidos por la vicepresidenta del Gobierno…

…y discúlpenme ustedes, pero aquí se me ha revuelto el estómago un poquito. Entiendo que debía haber algún representante institucional y que la escena debía ser inevitable, pero ver a un miembro de este gobierno hablar de la libertad de prensa, de la alegría por liberar a unos informadores secuestrados y otras especies semejantes me repugna, me enerva y me saca de mis casillas. Porque este mismo gobierno es el que prepara una ley de seguridad que, entre otras cosas, coarta el derecho a dar y recibir información veraz, facultando además para hacerlo mediante porrazos y detenciones. Que algunos efectos de esa ley, todavía no aprobada, ya se van viendo en el entusiasmo de algunos policías contra fotógrafos de medios que no son “del sistema”. Que no hace tanto este mismo gobierno aprueba otra ley por la que conmina a los jueces a cerrar casos de crímenes internacionales cuyas víctimas también fueron periodistas españoles. Y que esto no sucede en Siria, ni Turquía, ni Venezuela; esto sucede en España, el mismo día en el que liberaron a Javier y Ricardo, y no he visto a la señora vicepresidenta hacer alegato alguno sobre lo necesario de proteger la libertad de prensa en el país que está gobernando. Y tampoco tiene pinta de que lo vaya a hacer en breve.

Y tampoco, por cierto, he visto a esos medios del sistema con portadas denunciando la violencia contra los medios, ni a tertulianos saliéndose del “algo habrán hecho” tan propio de otras épocas no tan lejanas. Ni a Pedrojeta o a Casimiro en sus homilías dominicales exigiendo al gobierno depurar responsabilidades por la porra fácil de algunos servidores del orden más bien desordenados. Puede que sea porque esos periodistas no son de los suyos, de los que te permiten completar una portada diaria con un calendario indignado contando los días de un secuestro, como si fuera un cupón cualquiera de esas cartillas interminables.

Estoy muy contento por la liberación de estos dos periodistas, como lo estuve por la de Marc Marginedas pocas semanas antes, y siempre sin olvidar a sus compañeros que todavía permanecen secuestrados en cualquier punto del globo por el “crimen” de querer contar lo que está pasando. Y por eso me produce escalofríos pensar que si alguno de los liberados hubiese estado en las últimas semanas (o en las próximas) cubriendo unas protestas y se hubiesen llevado por ello un porrazo en la cara, seguramente no habría ministro recibiéndoles al salir del hospital, ni medio de comunicación que los retratara en su portada a cuatro columnas. Y ojalá, ojalá, ojalá me equivocase. Pero son demasiados “ojalás”, me temo.

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