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Todología con bigote
¿Te gusta conducir... solito?

Imagine que va usted al trabajo todos los días en el bus de su ciudad. Usa el transporte público porque es barato, razonablemente rápido y llega a tiempo la mayor parte de las veces. Es cierto, de vez en cuando, sobre todo en hora punta, el bus va más lleno y a lo mejor tiene que esperarse al siguiente, por lo que tardará unos diez o quince minutos más. Y a veces es incómodo, pero lo compensa que le cuesta poco.

Un día llega el Ayuntamiento y anuncia que va a crear una nueva línea de autobús. El vehículo será algo más moderno, pero en esencia el mismo. Irá por una ruta un poco extraña, porque aunque corre casi paralela a la de su bus de toda la vida, rodea polígonos industriales casi vacíos en lugar de núcleos urbanos donde podría hacer mejor servicio. Pero el alcalde insiste: esos polígonos en nada estarán rebosando de empresas a punto de florecer que traerán muchos, muchos viajeros y es mejor empezar a asumir ese volumen. Usted no dice nada, pero ha notado cómo le suben la contribución, la tasa de basuras, el sello del coche que usa poco precisamente porque le sale más a cuenta el transporte público. Y también se fija en que, tras el anuncio, le suben el precio al billete, un poquito. Todo orientado a poner en construcción esa fabulosa línea nueva.

Cuando está por inaugurarse vuelve a salir el alcalde y anuncia que ese flamante nuevo autobús que hará la ruta hipersónica costará el triple de lo que vale el de toda la vida, y que además ese dinero no se lo queda el municipio, sino que se le dará la concesión a una empresa por varios lustros para que pueda explotarla comercialmente, ya que —nos asegura— pronto será la ruta preferida de aquellos con más poder adquisitivo, que, con tal de ahorrarse un atasco o dos y poder ir siempre sentaditos, estarán dispuestos y contentos de pagar tres veces mas.

Pasa el tiempo: días, semanas, meses… años. Y la ruta sólo la usan unos pocos; muchísimos menos de los que se pensaba, porque incluso los que pueden gastarse el dinero en la ruta de la velocidad absurda prefieren ahorrárselo para el paquete de tabaco —questálacosamumalita— y coger el autobús de siempre, que total son cinco o diez minutos más que no te van a disolver el día.

La empresa concesionaria (y las empresas que lucen detrás de ella), ya con unas pérdidas acumuladas considerables, se impacienta y, en vez de comprender que ha hecho una inversión en algo que era fundamentalmente idiota desde el principio, empieza a mirar con malos ojos a su alcalde, a torcerle el gesto y a enseñarle el monedero vacío mientras golpea el suelo con el pie. Con un gesto de la cabeza le deja claro al alcalde a quién tiene que agradecer su posición política y el dinero que se gastó tan alegremente en su última campaña electoral. Y eleva la terrible pregunta: «¿Qué pasa con lo mío?» El alcalde intenta eludir la respuesta, mira para otro lado, se repasa la teoría del libre mercado que había aprendido (bueno, leído; bueno, hojeado; bueno, en realidad hojeaba el As; qué coño, la Interviú) en un máster de título en idioma extraño impartido por una universidad con nombre de santo, comprueba que no entiende nada y suspira. Suspira largamente.

Un día, el alcalde hace un anuncio importante: a pesar de que la ciudad está sin un duro porque se lo gastó todo en construir cosas tan útiles como un monumento a la escolopendra (básicamente un falo de mármol en mitad de la Plaza de la Constitución que ni recuerda a una escolopendra ni nada), el Ayuntamiento asumirá la enorme deuda de la concesionaria de aquella línea warp 9 que le iba a dejar en mitad de la nada en lo que tarda Robinfood en merendarse un bocata de mortadela con arazul del rojo. Que como la deuda es muy grande, habrá que volver a subir la contribución, la tasa de basuras, el sello del coche y, por supuesto, su bus de usted de toda la vida, que ahora le costará el triple y lo mismo ya no le sale rentable. Que cerrará cosas accesorias como la Biblioteca Municipal, porque la gente total no lee; o el Centro de Salud, porque la gente total se muere; o las residencias de dependientes, porque total dónde van a estar mejor que con sus familias. Y si no tienen familias seguro que les encontramos un hueco en algún portal donde los vecinos no sean tan escrupulosos. Todo, todito, para poder pagar esa deuda que una empresa, ayudada por el Ayuntamiento en aras del libre mercado y protegida de los desastres de ese mismo mercado gracias al Ayuntamiento, ahora pretende que se la costee usted, ciudadano de clase media.

Y no se le ocurra ir a protestar al Ayuntamiento, eh. O bueno, puede ir, pero solo y sin gritar mucho. Que como el alcalde se cabree le va a llamar terrorista, le va a mandar a los munipas a que le caneen con la porra y luego le va a denunciar a usted por incitar a la violencia con su protesta. Y todo eso por no haber querido usar en su momento la super línea transuniversal de autobús que el municipio, siempre pensando en el bien de sus ciudadanos, decidió poner cuando no hacía falta. Si en el fondo la culpa es suya, por pobre.

¿Les parece algo extraño? Pues de toda esta historia sólo el autobús es falso. Y, quizá, la escolopendra. Quizá.

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