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Todología con bigote
Suárez en breve

Como ya estarán leyendo, viendo y oyendo mil cosas sobre el difunto ex-presidente, esto va a ser muy cortito y muy personal. Lo que viene ahora son opiniones, nada de hechos.

Suárez ha concitado en los últimos años —quizá por su enfermedad, quizá por el obligado silencio derivado de ella— una extraña “casi-unanimidad” en torno a su figura y lo que supuso en la transición democrática española. Con excepciones, lógicamente, porque para eso tuvo sus sombras, pero es curioso que, mientras hemos ido revisando poco a poco dicha transición y empezando a poner cosas en su sitio, a relativizar a los antiguos héroes oficiales y, quizá por fin, a comprender que la monarquía acabó siendo más un impedimento que una ayuda hacia la consecución de una democracia plena (que todavía no se ha logrado), Suárez ha salido muy airoso en la memoria popular, casi como el único con auténtico sentido de Estado en aquella época tan convulsa. No hablo, naturalmente, de “nuestros” políticos actuales, sino de la ciudadanesca en general, incluso de aquellos más críticos con la transición y con el expresidente, que con el paso del tiempo aceraron las críticas a la primera pero suavizaron las dirigidas a este último.

Y es extraño, porque raramente los españoles nos ponemos de acuerdo en un porcentaje tan alto acerca de cualquier aspecto, momento o persona de nuestra historia política. En la revisión, sin embargo, me atrevería a decir que la imagen de Suárez ha salido bastante reforzada. Sin llegar a la hagiografía perpetrada por Victoria Prego, pero a salvo de buena parte de los dardos que todos los protagonistas de la Transición, sin excepción, van recibiendo conforme el paso del tiempo los coloca en su sitio.

Las razones seguramente serán muchas; ninguna de ellas por sí misma justificaría ese lugar privilegiado que hemos optado por darle, mucho antes incluso de su muerte. Puede que fuese por su actitud en el 23-F, puede que por aguantar los sopapos de propios y ajenos casi desde que accedió a la presidencia. Puede que haya sido porque hemos comprendido cómo el rey le “borboneó” en el sentido más repulsivo de la palabra cuando dejó de serle útil. Mi impresión es realmente sencilla: creo que hizo sinceramente lo mejor que pudo y supo (nunca fue precisamente un intelectual, pero sí muy obstinado) con los pocos ladrillos que le dejaron. Que aguantó e intentó seguir gobernando a pesar de todo lo que le estaba cayendo encima, y que se fue al comprender que el primer obstáculo a la democracia podría ser él mismo. Hasta la fecha, ningún otro presidente (ni mandatario español, vaya) ha tenido la valentía ni la decencia de tomar una decisión similar cuando fue necesario. Y no sería porque faltaron las ocasiones.

A lo peor todo eso que digo es mentira y las razones de Suárez fueron más oscuras y siniestras, pero si eso es así, ya nunca lo sabremos. Leí ayer una frase (y que me disculpe el autor si lee esto, pero he olvidado quién fue) que me pareció acertadísima. Algo así como que Adolfo Suárez hizo su parte cuando le tocó y que, de todo lo que vino después, los responsables ya han sido otros, incluidos nosotros. Lo mismo es eso, que ya nos va tocando hacernos protagonistas de esa transición que parece que no se acaba nunca.

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