título
Todología con bigote
Hipocresías a dos ruedas

Retomo el tema del ciclismo, porque creo que es obligado. La de tiempo que hace que no escribo nada positivo sobre este deporte… pero no es hoy de los deportistas ni de sus médicos de los que quiero hablar, ya que los hechos son bastante elocuentes por sí solos. Preguntémonos, más bien, otras cosas.

¿Somos hipócritas cuando nos referimos al ciclismo? ¿Es condición necesaria, que no suficiente, conocer hasta el más nimio detalle sobre este deporte que, ante todo, depende del esfuerzo personal, único y exclusivo del ciclista? ¿Por qué las normativas anti dopaje son tan estrictas con las dos ruedas y no lo son con otros deportes, como por ejemplo el fútbol o el baloncesto? ¿Por qué los aficionados al sillón-bol, que somos la inmensa mayoría, somos los más suspicaces del mundo si se trata de ciclismo, pero celebramos la espectacularidad y resistencia de otros deportes sin plantearnos nada?

Preguntas, muchas, que van al aire de manera retórica, porque la conclusión en todas ellas es la misma: somos hipócritas. Exigimos, en nombre del espectáculo, pruebas y competiciones cada vez más duras, más arriesgadas y que requieren un mayor esfuerzo físico. Pedimos a jugadores de fútbol, cobren o no cobren una pasta gansa, que jueguen, si se dan las condiciones, casi cien partidos anuales entre liga, copa, europa, bolos veraniegos, pretemporadas o campeonatos mundiales. Rugimos como posesos cuando un fibroso corredor bate por una centésima el récord de cien metros lisos o cuando otro, más enteco, aparece con la lengua colgando por la puerta del estadio tras cuarenta y dos kilómetros de sudor. Y nos decepcionamos profundamente si esos dos tipos, a los que la mayoría no conseguiremos alcanzar jamás, ganan con lo que tenemos los santos huevos de calificar como “marcas mediocres”. Admitimos y aplaudimos que el COI persiga implacablemente el dopaje… pero nos callamos cuando no hacen lo mismo con los jugadores de la NBA, esos sacos de anabolizantes que no están obligados a pasar controles para así poder participar en el mayor espectáculo del mundo. A Lance Armstrong sólo le empezamos a cuestionar cuando se comía los Tours como churros, y todas las miradas apuntaban a él (no hace mucho hablamos de eso mismo), y mientras tanto otras grandes figuras iban desapareciendo; algunas, como Marco Pantani, de la manera más trágica, lo que no impidió que la afición le situara como el último romántico del ciclismo, con aquel año en que ganó, de manera gloriosa, Giro de Italia y Tour de Francia.

El ciclismo ha parido una docena de corredores legendarios, los Merckx, Anquetil, Hinault, Coppi, Induráin, Poulidor… gente que se hizo hueco en la Historia, incluso más allá de los anales puramente deportivos, por su concepción de lo que debía ser una gesta. Mientras que esas leyendas se consideraron insuperables, nadie se atrevió a poner en duda sus hazañas. Sin embargo, el deporte moderno está mostrando que ahora los héroes se fabrican en laboratorios, que ganar cinco tours consecutivos es algo que dura lo que un sueño, ya que poco después aparece otro que gana siete con la misma aparente facilidad. El hecho de que muchos corredores decidan ya prepararse exclusivamente el Tour, desdeñando otras carreras también clásicas, devalúa tanto a éstas como a la reina francesa, pues el aficionado empieza a considerar que dedicarse a una sola prueba durante todo el año no tiene tanto mérito, y siempre aparece la imagen de Mercx y sus ansias de ganarlo absolutamente todo, en contraposición con estos nuevos comodones del Tour. Puede ser, quizás, la razón por la que ahora comenzamos a afilar los cuchillos contra quien hace trampas; trampas que, por otra parte, ni son nuevas ni son rarezas de última hora, sino que se han extendido, de un modo u otro, a lo largo de la Historia de éste y otros deportes. Porque la épica deja de serlo cuando se vuelve rutina y porque cuando el nombre del médico del equipo resulta más conocido que el de la mayoría de sus integrantes, es que lo que está pasando ya resulta demasiado turbio. Y el espectador deportivo (que no es lo mismo que el aficionado) sólo está dispuesto a soportar un nivel de turbiedad: aquél que no supere su propia negrura personal.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.